MARIANA PINEDA

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MARIANA PINEDA

Mensaje  Hakim el Jue 06 Ago 2009, 02:25




La figura de la heroína liberal se ha mantenido incólume en el tiempo, sostenida por la Historia y la leyenda popular. Su carisma, que encarna la lucha por la libertad hasta dar la vida, simboliza toda una época.

En la mañana del jueves 26 de mayo de 1831 era ejecutada Mariana de Pineda en Granada, donde había nacido, en el seno de una familia noble, el 1 de septiembre de 1804. A los quince años contrajo matrimonio con el liberal Manuel de Peralta y Valte, y a los dieciocho quedaba viuda, con dos hijos de corta edad. La joven mujer abrazaba entonces la causa liberal en la que militaba el marido.

En 1831 Granada era una ciudad de 65.300 habitantes. Una población un tanto recoleta, de acusado espíritu religioso, en la que se levantaban veintitrés parroquias, tres monasterios y dieciséis conventos de frailes, diecinueve conventos de monjas, una importante colegiata y media docena de ermitas. Una población de contrastes, ya que al mismo tiempo era extremadamente librepensadora.

En esta Granada llena de inquietudes, de temores y conspiraciones, de feroz persecución a los liberales que se mantienen fieles a los principios de la derogada constitución, va a culminar en 1831 La contumaz militancia de Mariana de Pineda contra el gran aparato represivo del sistema absolutista, con cárceles hacinadas de presos políticos durante largos años o, por el contrario, sometidos a juicios sumarísimos. La mujer se sabe vigilada de cerca por Ramón Pedrosa, subdelegado principal de Policía y alcalde del crimen de la Real Chancillería, figura principal de la política granadina. Mariana, por su militancia, estaba implicada en otras causas y sometida a vigilancia, a pesar del estrecho círculo en que se la va encerrando a partir de 1823 al quedar abolida la Constitución. Se inicia entonces la llamada «década ominosa», en la que son suprimidas las libertades y atropellados los legítimos derechos del pueblo, entablándose una sorda lucha entre los dos partidos, blancos y negros, liberales y absolutistas. Mariana visita a los presos llevándoles auxilios, sirve de enlace con los exiliados de Gibraltar, esconde en su casa a gente comprometida y prepara la fuga de la cárcel de un condenado a muerte.



Mientras tanto, en Granada se vivían jornadas cruciales. Ante el fracaso de Manzanares y el clima de terror reinante en la ciudad, Mariana de Pineda creyó oportuno suspender el bordado de una bandera que había mandado coser a dos bordadoras del Albaicín. Una de ellas mantenía relaciones con un sacerdote, y por una in­confidencia del religioso a su padre seria denunciado por éste a Ramón Pedrosa, revelándose la existencia de una bandera para el proyectado alzamiento, destinada a plasmar los sueños constitucionales de los liberales granadinos.



La policía obligaba a las bordadoras a llevar la bandera a casa de Mariana, y seguidamente se presenta a hacer un registro. Mariana adivina la maniobra y esconde precipitadamente la bandera en el hueco de una hornilla, donde a encuentra la policía. Era un tafetán de seda morado, con un triángulo verde en medio, en el que estaban a medio bordar las palabras «Libertad, igualdad y ley»; esta prueba inconclusa iba a ser el pretexto legal que la conduciría al cadalso.



Mariana de Pineda queda arrestada en su casa, de la que a los pocos días intenta fugarse bajo un disfraz de anciana, pero su ausencia es descubierta y reconocida en plena Calle por la guardia que vigilaba la casa, siendo detenida y encarcelada en el beaterio de Santa María Egipcíaca.



El decreto de 1 de octubre de 1830 sirvió de base para la aplicación de la pena capital impuesta a Mariana «... por conspiración contra la seguridad del Estado y los legítimos derechos del trono». La causa se vio a puerta cerrada, «sin citación ni audiencia de la interesada». Fernando VII estimó la condena justa y arreglada a la ley y firmó la sentencia de muerte. Su cumplimiento sería en la forma ordinaria de garrote vil. Al conocer la sentencia, la mujer replicó:



«El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo”.

El 24 de mayo de 1831, la condenada fue trasladada a la Cárcel Baja, para entrar en capilla. Francisco Tadeo Calomarde, ministro de justicia, había autorizado indultarla al juez Pedrosa, quien había pe­rseguido siempre a la mujer como hombre y como político, si Mariana accedía a dar los nombres de sus correligionarios. Al oír su proposición reaccionó vivamente: «Nunca una palabra indiscreta», le dijo, «escapa de mis labios para comprometer a nadie. Me sobra firmeza de ánimo para arrostrar el trance final. Prefiero sin vacilar una muerte gloriosa a cubrirme de oprobio delatando a persona viviente”. La lealtad iba a ser su gesto legendario. Mariana, horas antes de subir al cadalso, escribía a sus hijos pidiéndoles que permanecieran fieles a la causa por la que iba a morir. Sin embargo, sus ejecutores no solo le prohibieron que los viese por última vez, sino que se negaron a entregarle las cartas por considerarlas subversivas.



A media mañana del 26 de mayo se abrieron las rejas de la celda de Mariana, y en ella apareció el verdugo rodeado de los hermanos de la caridad. En una bandeja de plata portaban el traje de la reo: un birrete y un sayal negros.



Rodeada de curas y frailes, precedida del verdugo, llegó Mariana, con las manos atadas, por la puerta principal de la cárcel. El pregonero público, tras un redoble de tambor, anunció la sentencia del crimen de traición.



Terminado el pregón ayudaron a Mariana a montar en una caballería preparada con jamugas. En atención a su noble ascendencia, iría al patíbulo montada en mula. El cortejo se puso en marcha; tiraba del ronzal de la mula el verdugo, precedido del pregonero, un piquete de caballería y un receptor a caballo, seguido de un piquete de infantería con cajas destempladas. A lo largo del recorrido, se detuvo varias veces la comitiva para que el pregonero repitiera la sentencia. Al llegar al patíbulo, instalado en el Campo del Triunfo, el pregonero, tras un redoble de tambor, leyó por última vez la sentencia, mientras Mariana subía serenamente a un tablado de «cinco pies de altura», cubierto de bayetas negras. Las gentes lloraban.



Mariana rezaba con más entereza que el anciano sacerdote que la asistía, el cual no hacía aún veintisiete años la había bautizado en la iglesia de Santa Ana. Instantes después, la reo se sentaba en el banquillo y el verdugo le ajustaba la «gargantilla de hierro en sus bodas con la muerte”.

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