MUJERES DE LUZ

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MUJERES DE LUZ

Mensaje  Hakim el Dom 02 Ago 2009, 23:38




Extracto de la ponencia de Sachiko Murata en el Centro Internacional de Estudios Místicos recopilada en la obra “Mujeres de Luz” editada por Trotta.

Voy a empezar con una cita de la famosa sufí Râbi’a, que murió en algún momento del siglo VIII, es decir, en el siglo II del Islam. Ha sido generalmente reconocida como una de las figuras más significativas del primer sufismo y han aparecido varios libros sobre ella en lenguas occidentales. Los sufíes posteriores citan a menudo sus dichos y se la respeta universalmente como una de las mayores maestras espirituales de la tradición. Se le atribuyen muchos más dichos y anécdotas que a cualquier otra mujer de la tradición sufí. Éste es uno de sus dichos más concisos: «Todo tiene un fruto, y el fruto del reconocimiento es acercarse a Allah».

La palabra que requiere más explicación aquí es «reconocimiento». ¿Qué quiere decir Râbi’a cuando emplea esta palabra en la frase «el fruto del reconocimiento es acercarse a Allah»? El término árabe para «reconocimiento» es ma’rifa. Esta palabra suele traducirse como «gnosis» o, con frecuencia, como «conocimiento». «Gnosis» sugiere un conocimiento suprarracional de Allah. Los investigadores del sufismo emplean a menudo esta palabra para indicar que los sufíes están interesados en conocer a Allah directamente sin mediación de la mente racional. Sin embargo, el término ma’rifa no siempre tiene esta connotación. Con mayor frecuencia, especialmente en el uso más antiguo de la palabra, significa simplemente «conocer», o bien «reconocer», es decir, conocer algo y saber que se lo está conociendo. A veces se la contrasta con ‘ilm, el término más general para el conocimiento. En ese caso hay que entender que ‘ilm significa «saber» y que ma’rifa tiene el sentido de «verdadera comprensión» de algo.

El uso temprano más importante del término ma’rifa para ayudarnos a entender lo que Râbi’a tenía en la mente se halla en un jadith del Profeta que los sufíes citan constantemente en sus obras. En este dicho la palabra ma’rifa suele traducirse como «conocer». A menudo el jadith se traduce así: «El que se conoce a sí mismo conoce a su Señor». Por supuesto, empleo los masculinos «el» y «mismo» por la larga costumbre de utilizarlos tanto en castellano como en árabe, no porque impliquen en absoluto que el dicho se refiera sólo a los varones y no a las mujeres. Más bien, cualquiera que se conozca a sí mismo o a sí misma ha conocido a su Señor.

El verbo de ese dicho es ma’rifa, de modo que también podemos traducirlo usando la palabra «reconocer» en lugar de «conocer». Entonces se convierte en «El que se reconoce a sí mismo reconoce a su Señor». En otras palabras: cuando realmente lleguemos a conocernos y sepamos que nos conocemos, entonces conoceremos y reconoceremos realmente a Allah.

Indudablemente, cuando Râbi’a dijo «el fruto del reconocimiento es acercarse a Allah» tenía este dicho profético en la mente. Es evidente que «reconocimiento» significa para ella el conocimiento que se produce cuando realmente conocemos qué es lo que conoce y qué es lo que conocemos.

El término que emplea para «acercarse» es iqbal, que es el opuesto de idbâr, «irse». Probablemente la mejor manera de entender a qué se refería Râbi’a con esta palabra es recurrir al Qur’an. En la historia de Moisés y el arbusto ardiente Moisés se asusta cuando su báculo se transforma en serpiente. Allah le dice: «Oh Moisés, acércate y no temas. Sin duda estás entre los seguros» (28: 31). Utilizando esta palabra —«acércate»— Râbi’a sugiere que los que reconozcan a Allah se le acercarán y serán aceptados por Él y liberados del miedo. Cuando ya no tengan miedo, estarán seguros. Entonces se contarán entre aquellos que el Qur’an llama los awliyâ’ o «amigos» de Allah. «Sin duda los amigos de Allah no padecerán ningún temor ni se entristecerán» (10: 62).

Un segundo jadith nos permite contextualizar más el dicho de Râbi’a. De hecho, estoy razonablemente segura de que ella simplemente está reformulando este jadith con otras palabras. El Profeta dijo que si queremos que nuestro ‘ilm —nuestro «conocimiento» o «saber»— tenga algún valor, debemos ponerlo en práctica (’amal). Dijo: «el conocimiento sin práctica es un árbol sin fruto».

Así que cuando Râb’ia dijo «Todo tiene un fruto y el fruto del reconocimiento es acercarse a Allah», estaba hablando en el contexto de la práctica del Islam delineada por el Profeta y sus compañeros. La práctica es la actividad que lleva al buscador a la meta, y la meta es ser aceptado por Allah como amigo suyo o que Allah le diga que se le «acerque». En la perspectiva islámica habitual el conocimiento que hay que encontrar es el conocimiento de Allah y su guía.



En resumen, Râbi’a ha tomado este dicho profético y lo ha convertido en un dicho sufí. Al emplear los términos reconocimiento en lugar de conocimiento y acercarse en lugar de práctica se ha concentrado en el significado interior de lo dicho por el Profeta. Conocer realmente a Allah es reconocerlo en todas partes y saber que se lo reconoce, y practicar realmente es acercarse a Allah y apartarse de las distracciones de este mundo.

En la tradición islámica, y aún más en el sufismo, no se puede entender nada si no se lo sitúa en relación con Allah. Allah es la realidad que da origen al universo. Si no entendemos cómo algo está relacionado con esta Realidad última, no lo habremos entendido. O más bien no lo habremos reconocido como lo que es. «Reconocer» una cosa exige «acercarse a Allah», como dice Râbi’a. Si el fruto de conocer algo no es acercarse a Allah, no lo hemos conocido.

Desde el punto de vista islámico, hay dos maneras básicas de entender o dos clases básicas de conocimiento. Como se dice que observó el Profeta: «Hay dos conocimientos: conocimiento del cuerpo y conocimiento del Din». En otras palabras, existe la clase corriente de conocimiento, que adquirimos por nuestros propios medios (es un conocimiento que nos permite orientarnos respecto al mundo en términos del mundo) y hay otra clase de conocimiento que nos permite orientamos respecto a Allah. La primera clase de conocimiento posee una utilidad temporal, pero después de la muerte no produce ningún beneficio en absoluto. El Profeta oraba así: «Busco refugio en Allah de un conocimiento que carezca de provecho». Se refiere a un provecho real, permanente. Del mismo modo, cuando dijo que el conocimiento exige el fruto de la práctica se refería al conocimiento real de la naturaleza de las cosas y de la práctica que beneficia al alma de manera permanente. El provecho real y el fruto real sólo se encuentran mediante el conocimiento del Din. El conocimiento del cuerpo carece de utilidad duradera, así que no tiene verdadera importancia.

Cuando los sufíes contraponen ‘ilm y ma’rifa o saber y reconocimiento, suelen tener en cuenta la diferencia entre aquellas dos clases de conocimiento. Uno es útil temporalmente; el otro, permanentemente. Uno lleva a la preocupación por los asuntos del mundo y el otro nos permite acercarnos a Allah. Uno nos hace olvidar nuestra verdadera tarea en el mundo. El otro nos permite reconocer quiénes somos y, en consecuencia, reconocer a Allah en nosotros y en la creación.

Debemos “recordar” a Allah con las palabras del Profeta: «Oh Allah, muéstranos las cosas tal como son». Todos los seres humanos, las mujeres y los hombres, deben tener la misma meta en esta vida. Esa meta es conocer la Luz suprema y ser iluminados por ella.

Para reconocer la Luz suprema tenemos que reconocernos a nosotros mismos. «El que se reconoce a sí mismo reconoce a su Señor». Para reconocemos como luz tenemos que volvernos luz. En una famosa oración el Profeta dijo:



“Oh Allah, pon luz en mi corazón, luz en mi oído, luz en mi vista, luz en mi mano derecha, luz en mi mano izquierda, luz delante de mí, luz detrás de mí, luz encima de mí y luz debajo de mí. Conviérteme en luz.”



En el Islam se dice a menudo que el intelecto es «una luz». El Profeta dijo: «Lo primero que Allah creó fue mi luz». Por eso se entiende que «la Luz de Muhammad» es lo mismo que el Primer Intelecto, que es el prototipo tanto del universo como del alma individual. Cuando el Profeta le pedía a Allah que «le convirtiera en una luz», le estaba pidiendo que hiciera que la luz de su intelecto dominase todos los niveles inferiores de su ser. Cuando le pedía a Allah que pusiera una luz en su corazón, en su vista, en su oído y en todos los miembros de su cuerpo, le estaba pidiendo que le revelara la luz esencial de su propio ser, que es la primera cosa creada por Allah. El Profeta está mostrando a los otros seres humanos, creados a partir de la misma luz esencial que él, que sólo pueden alcanzar su propia perfección y reconocerse verdaderamente a sí mismos si la oculta luz de su propia esencia fluye desde el centro y vence a su oscuridad.

La luz es, en resumen, la naturaleza esencial del intelecto o del corazón humano. Esta luz es consciente y despierta. Es la misma luz de la cual, según el Profeta, fueron creados los ángeles. Nuestra verdadera «iluminación» consiste en reconocer que la luz está brillando en nuestro interior. Tenemos que llegar a saber que la luz que nos permite conocer no es otra que la luz de Allah. Sólo entonces podemos reconocer a nuestro Señor, que no es sólo la fuente de esa luz brillante, sino que es idéntico a esa luz.

Otro famoso dicho profético puede aclarar la naturaleza de la luz que el Profeta pidió al Señor que brillara sobre él. Es el dicho que explica lo que sucede cuando el servidor —de nuevo el servidor del Señor— cumple todos los deberes de la servidumbre reconociendo su propia servitud respecto a Allah. Cuando el servidor se acerca a Allah practicando como Allah le ha pedido que practique, esto llama el amor de Allah.



En ese jadith el Profeta dice que Allah dice:



«Cuando amo a mi servidor,

Yo soy el oído con el que oye, soy la vista con la que ve,

soy la mano con la que prende y soy el pie con el que camina».



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