WALLADA BINT AL-MUSTAKFÎ. LA LIBERTAD DE UNA MUJER ANDALUSÍ

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WALLADA BINT AL-MUSTAKFÎ. LA LIBERTAD DE UNA MUJER ANDALUSÍ

Mensaje  Hakim el Vie 31 Jul 2009, 22:24





El día caluroso de ayer, se vio culminado con el frescor de la tarde y con la amena conversación con una amiga, profesora de filología en la Universidad de Sevilla, que está ocupada, en este tiempo, escribiendo un libro que novela la vida de la poetisa andalusí Wallada. Repasamos en nuestra conversación las fuentes que nos quedan de aquellas poetisas que resplandecieron en aquellos siglos. De Wallada me he ocupado muchas veces, también y ampliamente en uno de mis libros recientes “Seis escritoras medievales”. Recordarla es rescatarla para nuestra memoria literaria y para nuestro patrimonio cultural.



UNA LUZ EN MEDIO DE LA NOCHE



Tenemos que situarnos en la Córdoba del siglo XI, que inicia su decadencia, tras el esplendor de la época califal cuya caída va a contemplar dramáticamente en aquellos años turbulentos. En la capital andalusí se cumplen ya tres siglos de cultura, religión y política musulmanas, desde que la conquistara Mugit al-Rumi. Ha conocido momentos esplendorosos, durante el califato Omeya con hombres de la magnitud de Abd al-Rahman III o de la cultura de Al-Hakam II, su hijo. Momentos de poderío como los de Almanzor, cuya muerte en Medinaceli pone inicio al declive de la que fuera la ciudad más poblada y más desarrollada de la Europa de su tiempo. Corre el año 1024. El sueño del también gran intelectual cordobés Ibn Hazm se realiza después de muchos trabajos y sufrimientos. En medio de una guerra civil que sacude a la capital desde hace años, un Omeya, Abd Al-Rahman V, sube al trono e Ibn Hazm será, junto al otro gran poeta Ibn Suhayd, uno de sus visires. El sueño, en aquel período trepidante, de confusión y enfrentamientos, en el que todo se desmembra y muere, aquel sueño, digo, va a durar muy poco. Este califa no llegó a gobernar ni siquiera dos meses. Un golpe de estado lo depone y lleva al trono a Muhammad II al-Mustakfi que dura en el poder algo más: diecisiete meses. Pues bien, hija de este califa es el personaje que nos ocupa, -princesa, pues- Wallada bint al-Mustakfi. Su padre, a opinión de Ibn Hazm “era el peor”, sin embargo, Wallada ha sido considerada como “prototipo de princesa culta y brillante, de quien dice Ibn Baskuwâl que era una poetisa prolífica que competía con los poetas y literatos y los superaba”.



En medio de aquellos turbulentos tiempos de guerra civil, donde Córdoba no sólo va a ir perdiendo sus grandes palacios de Medina Azahara o de Medina Al-Zahira, sus grandes bibliotecas, sus barrios más nobles… Wallada, sin embargo, va a brillar con luz propia. Escribe Teresa Garulo que “debieron ser pocos los años dorados de Wallada” pero “en ellos su cultura, su belleza y su encanto atrajeron a sus reuniones a los poetas y escritores más importantes de su época que buscaban su agradable compañía, pues a su inteligencia se sumaban su nobleza y su irreprochabilidad”. Una luz que destella en la noche cordobesa. Su ejemplo y el de notables poetas contemporáneos suyos, como los citados Ibn Hazm, Ibn Suhayd, o Ibn Zaydum, del que más adelante nos tendremos que ocupar abundantemente, parecen dar la razón al poeta francés, Michel Pochet: “Si tu veux vois / attands la nuit. / Si tu veux vois / les galaxies /attends la nuit”. En aquella “noche” del esplendor político andalusí, sus poetas van a brillar con inusitado fulgor, como sucederá en el desmembramiento de las taifas, tanto con los poetas musulmanes como con los judíos.



WALLADA Y LAS MUJERES ANDALUSÍES



El papel de la mujer musulmana –y en este caso estamos recurriendo al ejemplo de una mujer andalusí- está bien definido, así como su ámbito de atribuciones en la sociedad islámica desde sus comienzos. Su papel está perfectamente estudiado. Naturalmente, y desde que F.J. Simonet formuló sus teorías sobre la mujer hispano-musulmana, que H. Pérès consolidó y en las que presentaba la sociedad andalusí “como excepcional dentro de su propio contexto ideológico [...] dando, al mismo tiempo argumentos a los defensores de un Al-Andalus singular e hispanizado”, se ha idealizado en extremo el que la mujeres en Al-Andalus gozaran de unos privilegios, una libertad y un papel que se alejaba del contexto musulmán de la época. Naturalmente, alguna diferencia hubo con respecto a la mujer musulmana medieval, pero sin que se pudiera llegar a hacer afirmaciones como las de Bosch y Hoenerbach: “se sabe que la sociedad andalusí y la de la Andalucía islámica, muy particularmente, concedía a sus mujeres una sorprendente libertad”. Ni fue así, como han estudiado Ávila o Vigueras, ni tampoco fue todo lo contrario. La investigación actual llega a un mayor equilibrio y los estudios conducen a una realidad más objetiva sobre la mujer en Al-Andalus. Escribe Manuela Marín, con razón, que, “aplicar a una sociedad como la andalusí el concepto de “libertad” o de “emancipación” de las mujeres es, como poco, anacrónico; pero inferir esa “libertad” de algunos testimonios aislados y generalizarla a toda la sociedad sólo puede contribuir a general confusión y equívocos”. Lo cual no quita el valor emblemático de una mujer como Wallada de la que poco –como es el caso de las demás poetisas andaluces- nos han dejado las fuentes, pero suficiente como para conocer su singularidad y su talento. Al igual modo que hace entender que las condiciones en la Córdoba de entonces, tuvieron que ser tales, como para que ello fuera posible. A mi entender, estas conquistas de los estudios actuales, no hacen sino dar más valor al testimonio de una mujer como Wallada y al valor de su vida en la sociedad cordobesa de su época. Mucho más, si tenemos en cuenta el más que válido parecer de la autora de la cita anterior, en uno de los estudios más completos sobre la mujer andalusí que se han publicado y en el que nos ha aportado datos fundamentales al respecto, dando así un paso adelante en esta investigación: “el manido tema de la supuesta “libertad” de las mujeres andalusíes –concluye en uno de sus capítulos- debe ser reconsiderado bajo la luz de los condicionamientos sociales que imperaban en Al-Andalus al igual que en otras sociedades islámicas medievales. La movilidad geográfica de las mujeres de buena posición, sus traslados dentro del entorno urbano o sus contactos con el mundo exterior a la casa estaban sometidos, todos ellos, a unas normas rigurosas de ocultación, tanto más extremadas cuanto más alto se subía en la escala social”. De ahí mi interés, al principio, por dejar constancia del origen social y de su condición de princesa en el caso de Wallada.



“ESTOY HECHA, POR DIOS, PARA LA GLORIA…”



Al-Maqqarî, que recoge una completa antología de poetisas andalusíes, afirma que lo hace para “que se sepa que la superioridad literaria en Al-Andalus es como el instinto y lo poseen hasta las mujeres y los niños”. El “hasta” lo he subrayado yo, entendiendo en él, la originalidad con respecto a otras zonas, a otros periodos, y como una característica propia de Al-Andalus.



Una de estas mujeres, de la que se conservan nueve poemas, aunque se podrían conservar muchos más según el decir de Ibn Bassâm que afirma haber leído muchos más, aunque como la mayoría de ellos eran satíricos, no quiso volver sobre los mismos; una de estas mujeres, era Wallada, la princesa hija del mediocre y malogrado califa Muhammad III al-Mustakfi. Una de las poetisas más originales de la Córdoba Omeya, ya tardía y decadente. Reunió a su alrededor y en sus tertulias a los escritores más importantes de su época y poseía un alto nivel literario y cultural. Pero, sin lugar a dudas, se salía de la norma, y rompía con los cánones previstos para la mujer musulmana. Hasta el punto de que, por una parte se buscaba su agradable compañía y era admirada por su belleza y nobleza, pero “su desprecio por las conveniencias –como escribe Teresa Garulo— dio lugar a numerosas habladurías acerca de su conducta, de ahí también la afirmación de que carecía del decoro propio de su nobleza”. Lo cierto es que se trataba de una mujer que se salía de todos los esquemas y que , en este caso, aún a pesar de que es un ejemplo que no puede generalizarse, gozó de una “libertad” y de una “independencia” inaudita. No dudó en usar su literatura para expresar abiertamente lo que pensaba y comunicar incluso sus sentimientos más íntimos e incluso contradictorios. Dan fe de este carácter suyo, y del impacto social que causó en la Córdoba de su época los versos que llevaba bordados en las mangas de su vestido. Con ellos se paseaba por Córdoba. En la manga derecha llevaba éste:



“Estoy hecha, por Dios, para la gloria,

y camino, orgullosa, por mi propio camino”.



En el izquierdo, éste otro:



“Doy poder a mi amante sobre mi mejilla

y mis besos ofrezco a quien lo desea”.



Controvertida imagen la de Wallada, a los ojos de su protegida. Pero, sin lugar a dudas, una relación que marcó la vida de Wallada y su poesía, fue la que mantuvo con el poeta Ibn Zaydum, uno de los grandes poetas cordobeses de su época. Constituye ésta una de las historias de amor más interesantes y cuyo trágico final, llevó al poeta a exiliarse de Córdoba y acogerse al mecenazgo que Al-Mu’tamid ejercía en la corte abbadí de Sevilla.



“Cuando caiga la tarde, espera mi visita, / pues veo que la noche es quien mejor encubre los secretos; / siento un amor por ti que si los astros lo sintiesen / no brillaría el sol, / ni la luna saldría, y las estrellas / no emprenderían su viaje nocturno”. A los que Ibn Zaydum respondía con poemas como éste:



“¿Responderás a quien te invoca? / ¿Curarás a quien se te queja? / Oh, tú, que estás siempre cerca de mí aunque te alejes, / que estás presente aunque te ausentes. / ¿Cómo voy a olvidarte / yo, que me adorno con tu amor? / Eres una suave brisa, / que penetra en los corazones”.



Aquel amor acaba a causa de los devaneos que ibn Zaydum tiene con una esclava negra de la propia Wallada. “Si fueras justo con el amor que existe entre nosotros, / no habrías escogido ni amarías a mi esclava; / has dejado una rama donde florece la hermosura / y te has vuelto a la rama sin frutos. / Sabes que soy la luna llena, / pero, por mi desdicha, / de Júpiter estás enamorado”. Así se expresa la poetisa traicionada en sus versos. Lo cierto es que la separación se consuma.



Excepcional debió ser esta mujer que tan honda queja produjo en el poeta que no supo valorarla y que torpemente se alejó. Lo cierto es que Wallada terminó con el visir Abû Amir ibn Abdus, lo que, por lo visto, provocó unos enormes celos en Ibn Zaydum, producto de los cuales son un intercambio de poemas satíricos feroces. Los de Wallada son sumamente duros, su fuerte carácter se desborda en ellos. Botón de muestra puede ser éste: “Tu apodo es el hexágono, un epíteto / que no se apartará de ti / ni siquiera después de que te deje la vida: pederasta, puto, adúltero, / cabrón, cornudo y ladrón”.



Esta mujer andalusí, vivió muchos años, al parecer ochenta, seguramente siempre bajo la protección del Ibn Abdus. Murió según Ibn Baskuwal –aunque hay versiones distintas- cuando Córdoba entraba en su ocaso y el hijo de Al-Mu’tamid, intentaba defenderla del ataque almorávide; “era el miércoles 2 de safar de 484=26 de marzo de 1091”.
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