LA ÉPOCA DE LOS REYES DE TAIFAS

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LA ÉPOCA DE LOS REYES DE TAIFAS

Mensaje  Hakim el Miér 09 Sep 2009, 16:34




Mirada desde cualquier ángulo, la historia de al-Andalus aparece como un fenómeno singular: “surgió de pronto como por arte de magia y estuvo a punto de desaparecer al medio siglo de su nacimiento, salvándose por un fugitivo marwânî, que, huyendo de la muerte que sufrió la mayor parte de su dinastía, y buscando un simple asilo en donde poder vivir lejos del peligro, se encontró al cabo de ciertos acontecimientos que semejan una leyenda, dueño de la Península Ibérica”.



Se reveló como un verdadero monarca, nacido para dirigir a los hombres. Después de treinta y siete años de lucha dura e incansable, legó a sus sucesores uno de los más sólidos estados de la Edad Media. Tres siglos duró la época de prosperidad de aquel Estado, un período larguísimo para tratarse de un estado medieval. El Imperio de Carlo Magno, su contemporáneo, duró unos tres cuartos de siglo (768-843), el Imperió Teutón, con sus diferentes ramas: los Welfos, los Hohenstaufen, los Babenberg, no pasaron de dos siglos.



Luego, a raíz del siglo cuarto de su vida, desapareció tan de repente como había aparecido y desde entonces, durante casi cinco siglos, arrastró al-Andalus la lánguida y penosa existencia de un moribundo que alarga todo lo posible su vida, sin poder, cosa extraña, ponerse de nuevo en pie para seguir su camino.



Durante casi cinco siglos, desde principios del once a finales del quince, no encontramos un sólo intento serio de rehacer la unidad de al-Andalus del tiempo de los Abderrahmanes, o por lo menos de una gran parte de él. No encontramos tampoco hombres que se identifiquen con este ideal o que se dediquen a él, o que al menos se mostraran dignos del mismo, aunque fracasaran en su intento.

Es cierto que hubo tentativas, en una u otra de las regiones de al-Andalus, pero fueron locales y de poca envergadura, es decir, que no aspiraban a otra cosa más que a fundar un emirato y a gozar de las recaudaciones. Además, los más importantes de estos intentos fueron norteafricanos y no buscaban la restauración de al-Andalus, sino sólo conservar lo que quedaba de sus tierras, reclamar el resto para el mundo del Islam y transformarlo en una provincia de su imperio.



Este es el primer fenómeno que merece detenida consideración, no solamente por lo que atañe a la época de los Reyes de Taifas, sino también en lo referente a la historia general de al-Andalus. Pues la desintegración de un reino o imperio era cosa corriente en la antigüedad y en la Edad Media, tanto en Oriente como en Occidente. La regla era: después del apogeo viene la caída rápida o lenta, pero siempre se llenaba el vacío, siempre se aseguraba la continuidad de la autoridad, bien por otra dinastía, por otro régimen o por la incorporación a otro país. Lo que era difícil de imaginar era la desintegración o desaparición de todo un pueblo civilizado y organizado, por sí misma, pues por débiles y descalificados que estuviesen los Estados, «permanecían en su sitio por el prestigio de su pasado y por falta de un reivindicador».



Además, en lo referente a la historia de casas reinantes, los períodos de caos, de guerra civil, de rápidos cambios de ocupación del trono, duraban hasta que llegaba alguien bastante fuerte y capaz de mantenerse en el poder. Todos estos hechos son muy frecuentes en la historia de cualquier país. Pero lo que no resulta tan frecuente es que los notables de la capital de un reino, se decidan a suprimir el mismo para ocuparse solamente de su capital, descuidando el resto del reino.



Lo que ocurrió a menudo fue la supresión de una casa reinante para sustituirla por otra: incluso sustituir un régimen por otro muy diferente. Pero suprimir un régimen sin pensar en sustituirle por otro, es decir, deshacer por completo la unión de un país anulando su símbolo, es algo que ocurrió solamente una vez en la historia, por lo menos en la historia musulmana.



Ocurrió en al-Andalus, en noviembre de 1031 (dzu-l-qa’da 422). La aristocracia andalusí de Córdoba, cansada y arruinada después de un cuarto de siglo de disturbios e inestabilidad, desesperada al fin de tan corto período de crisis, decidió suprimir el califato de Córdoba y arrojar de la capital al último representante de esta casa. Así terminó, con un acto que demuestra completa falta de claridad política, la gloria de los califatos de Córdoba. Claro es que estos hombres, preocupados por sus propias riquezas, que habían sufrido bastante durante los pasados disturbios, no pensaron más que en guardar lo que quedaba y dominar en Córdoba y su provincia para recuperar lo perdido.



Su visión política no llegó a concebir la patria ni mucho menos. Pudieron, en realidad, recuperar sus riquezas y doblarlas en ocasiones, para luego sumergirse, ellos y sus riquezas, en el desplome que tenía que ocurrir al suprimir el Estado y destruir la unidad del país.



El fraccionamiento de al-Andalus y sus causas



Lo sorprendente aquí es el descuido con que los jefes de la comunidad de Córdoba tomaron su decisión, tan incompatible con toda lógica medieval. En aquellos tiempos y como remedio contra los permanentes peligros, la gente se aferraba al poder central por débil que éste fuese, siempre con la esperanza de que la dinastía, símbolo de tal poder, restableciese la autoridad y el orden. Esta era la regla, salvo en los casos en que existía otro jefe ambicioso o un grupo de jefes rivales de la casa reinante aspirantes al poder para sí mismos. La mera existencia de una monarquía representante de la unión en la capital inspiraba a la gente seguridad y esperanza, pues las casas reinantes mantenían por lo menos los cuadros de la organización política y social. Así les ocurrió a los ‘Abbâsíes en Bagdad a partir del siglo décimo, a los Fâtimíes en El Cairo desde el siglo once, y en occidente a los Habsburgos a partir del siglo XVII. En todos estos casos, el pueblo y los nobles se aferraban a la dinastía reinante que les servia como eje aglutinante.



En Córdoba, por el contrario, los notables suprimieron este eje sin pensar en las consecuencias, ni mucho menos en el porvenir. Por lo demás no eran ignorantes ni carecían de talento o experiencia en los asuntos de estado. Su jefe era nada menos que Abû-l-Hazm Yahwar ibn Muhammad ibn Yahwar, descendiente de los Banû Yahwar y de los Banû Abi ‘Abda, que tantos ministros, generales y administradores proporcionaron a al-Andalus. El citado jefe ocupó importantes cargos bajo Almanzor (al-Mansur) y sus hijos. Al asumir la jefatura de Córdoba, se reveló como hábil administrador y economista. Supo dirigir con destreza la nave de Córdoba en el turbio mar del al-Andalus de entonces, pero, cosa extraña, no vio la gravedad de suprimir el Califato. Tanto él como sus colegas no vieron más que la ocasión que tenían de aprovecharse suprimiendo el Califato y asumiendo el poder en la capital y su provincia, para enriquecerse sin control antes de que se restableciese el orden y el Califato mismo.



Parece que estaban seguros de que se trataba de una simple crisis que pasaría sin duda. No se les ocurrió que podría ser el comienzo del fin, o que la paz no volvería jamás a esta parte de «dâr al-Islàm» . La víspera tan sólo, las armas del Islam paseaban victoriosas por el corazón de «dâr al-harb». ¿Cómo podían pensar que de repente los países del norte empezarían a conquistar grandes zonas del Califato? Este fue el pensamiento de todos los jefes de la comunidad musulmana en la capital y en las provincias, durante las pocas décadas que siguieron a la supresión del Califato de Córdoba.



Solamente al apoderarse Alfonso VI de Toledo, despertaron los musulmanes de su sueño y se dieron cuenta del peligroso cariz que tomaban los acontecimientos. Entonces supieron que estaban jugando con la muerte y buscaron el modo de eludirla. Pero era tarde. Todos los caminos hacía la reunificación estaban ya cerrados. Se habían enemistado unos con otros tan profundamente que no había posible reconciliación. Por otra parte, se habían desacreditado de tal manera ante sus súbditos que les fue imposible rehabilitarse. Además, fueron dominados por el pánico y se comportaron ante el peligro, sin respeto ni dignidad, como náufragos que se aferran desesperados a una tabla a la deriva.



Se puede decir también que los reyes cristianos no pensaron en «conquistar» las tierras musulmanas hasta que Alfonso VI descubrió lo fácil que resultaba. Fue durante los nueve meses de su exilio en Toledo cuando Alfonso hizo este descubrimiento tan decisivo. La Crónica Silense dice que el destierro del rey, por entonces príncipe leonés, fue verdaderamente providencial para él. Una vieja leyenda cuenta que Alfonso dormitaba cierto día bajo un árbol en el jardín del palacio de al­Ma’mún ibn Dzû-1-Nûn, cuando escuchó una conversación que mantenían ciertos cortesanos de aquel reyezuelo, sobre la manera de apoderarse de Toledo sitiándola por hambre y talando su vega. Aquella leyenda puede ser interpretada como símbolo de lo que descubrió Alfonso VI durante su dorado exilio toledano, que terminó el 7 de octubre de 1072: averiguó que toda la provincia de Toledo, que se extendía desde la sierra de (Guadarrama hasta casi Despeñaperros, estaba podrida interiormente e indefensa por fuera. Se encontraba rodeada de enemigos: por un lado, la amenaza de los Banû Hûd de Zaragoza, y por otro la de los Banû al-Aftas de Badajoz. En las demás fronteras había débiles emiratos que apenas si podían mantenerse: el de Valencia, dominado por un mediocre literato llamado Abû Bakr ibn ‘Abd al-’Aziz, dependiente en realidad de Toledo, y el de Albarracín en donde reinaba un mercenario apoyado por un puñado de soldados. Alfonso VI que se había refugiado en Toledo, huyendo de la lucha por el trono de León, no tardó en descubrir la fortuna que le esperaba si un día la suerte le permitía regresar como monarca a su tierra. Cuando se despidió de Yahya al-Ma’mún ibn Dzû-1-Nûn, aquel 7 de octubre de 1072, no dudó que regresaría otra vez como dueño. Ni siquiera tendría que guardar consideración por la generosidad de su viejo amigo, ya que éste estaba agotado por las preocupaciones y los placeres. A su muerte, no quedaba más que un nieto apocado sin experiencia, rodeado de notables y consejeros incapaces de ver el peligro.

El resto es ya demasiado conocido. Lévi-Provençal contó con todo detalle el desarrollo de los acontecimientos dentro y fuera de Toledo, hasta la entrada, casi pacífica, de Alfonso VI, el 6 de mayo de 1085 (10 de Muharram 478). Aquel día el destino del Islam en al-Andalus quedó decidido: de golpe, casi la cuarta parte de su territorio se perdió. Las restantes tres partes se vieron seriamente amenazadas. Masas de musulmanes abandonaban las ciudades y los campos del norte y del centro para buscar refugio más seguro en el sur. Así facilitaron el proceso expansivo de los leoneses, castellanos y aragoneses hacia el sur. Sus emires y jefes quedaron dominados por el pánico y se apresuraron a pagar tributos para comprar de este modo su precaria seguridad durante cierto tiempo y más tarde, al no encontrar otro remedio, llamaron en su ayuda a los Almorávides.



La crisis fatal de al-Andalus y sus causas



Es sorprendente cómo una nación grande, como lo era al-Andalus, se desintegrase de tal modo a consecuencia de un sólo golpe. Sin embargo, no era una nación corrompida, ni degenerada, ni desprovista de experiencia. Fue una nación guerrera y combativa que logró a lo largo de su historia gloriosas victorias y hazañas militares. Cinco años escasos antes de la muerte del tercer ‘Amirî, el 28 de febrero de 1009, las armas victoriosas de su hermano al-Muzaffar, atravesaron las fronteras del norte y parecian invencibles. ¿Qué ocurrió para que un sólo revés dejase a esta nación mortalmente herida?



A primera vista parece que la causa principal fue que las fuerzas militares del país estuviesen divididas en dos bandos profundamente hostiles entre sí: la de los nuevos mercenarios bereberes de Almanzor y la de los tradicionales combatientes propiamente dichos. Desde un principio, éste fue efectivamente uno de los más serios factores de la crisis, aunque no la causa principal. Un desastre de tal envergadura no puede producirse por un sólo factor. Al fin y al cabo, los jefes de ambos grupos no eran tan irreflexivos y tan ciegos como para seguir la contienda hasta el agotamiento definitivo de todas sus fuerzas. De vez en cuando mostraban tendencia a la reconciliación y, si no hubieran mediado otras razones, tal vez la unidad se hubiera rehecho.



La primera de estas otras razones fue la supresión del Califato por capricho de los altos dignatarios cordobeses. Hablaremos de ello a su debido tiempo. Luego tenemos las ambiciones de los jefes provinciales que se adueñaban de las provincias y que seguían su política de secesión y cisma, hasta acabar con toda esperanza de unión.



Después, tenemos el enigmático fenómeno del agotamiento de la casa marwânî. Este linaje, que produjo tantos grandes monarcas, no dio después de Almanzor ningún otro hombre de talento o capacidad. La razón es clara. Durante casi un cuarto de siglo de su mandato sobre al-Andalus (977-1002), Almanzor se encarnizó en diezmar a la casa marwânî, acabando con todos sus miembros que pudiesen amenazar su poder usurpado, o transformarse en un peligro para el futuro de su familia. Especialmente los descendientes de `Abd al-Rahmân III le causaron muchas preocupaciones, por lo que les persiguió con extremada severidad después del fracaso de la conjura de 979, que tenía como fin sustituir a Hishâm II por su sobrino `Abd al-Rahmán ibn `Ubayd Allah ibn al-Nâsir. Se. puede decir que Almanzor exterminó a la casa marwânî dejando solamente a los inútiles. Algunos nietos de al-Nâsir lograron escapar y esconderse entre el pueblo. Humillados y privados de todo apoyo, estos sobrevivientes aprendieron el odio, la bajeza y la crueldad. Los califas marwânîes del siglo XI pertenecían a esta rama decadente de la dinastía. Ninguno de ellos podía mantenerse en el poder. Por el contrario, aceleraron la desintegración con sus acciones infortunadas.



Lo mismo hizo Almanzor con las grandes familias de administradores y jefes militares adeptos a la dinastía marwânî. En al-Andalus, como en cualquier otro estado medieval, la realeza se apoyaba sobre una clase de notables y servidores acostumbrados al manejo de los asuntos del estado y adiestrados en los campos de batalla. El papel de estas familias en la historia de al-Andalus es sobradamente conocido. Su labor era tan importante como la de los emires y califas mismos. Pero Almanzor, con el afán de consolidar su poder personal no descansó hasta privar a los miembros de estas familias de toda autoridad o prestigio. Parece mentira que este hombre, que es como el símbolo glorioso de al-Andalus, fuese en realidad la causa de su ruina.



Recordemos también que ningún país musulmán vivió constantemente bajo la amenaza de sus enemigos como al-Andalus. Los cristianos del norte ocupaban regiones abruptas de la Península y allí crecían fuertes y belicosos. Sus tierras no eran pobres, pero sí escarpadas, duras y frías, por lo que sus miradas estaban siempre fijas en los fértiles campos del sur y del este. Además, sus miembros crecieron considerablemente durante el siglo décimo, como ocurrió, por otra parte, en el resto de Europa por aquel tiempo y sintieron la necesidad de expansión. Luchaban entre sí en torno a pequeñas extensiones de terreno, pero su verdadera meta era el sur. La presión sobre las fronteras de al-Andalus se acentuaba día tras día, y solamente gracias a la continua actividad militar de los califas el peligro quedaba contenido. Fue claro, desde finales del reinado de al-Hakam II, que al-Andalus vivía amenazado por un alud dispuesto a derrumbarse en cualquier momento. Una vez que estalló la guerra civil (fitna) entre los musulmanes y que sus fronteras del norte se resquebrajaron por todas partes, el diluvio cayó y los musulmanes no supieron aliarse entre sí para restablecer sus fronteras. Por el contrario, se encarnizaban unos con otros y el diluvio iba aumentando, por lo que se hacía más difícil la tarea del salvamento, hasta que llegó el momento en que todo esfuerzo fue vano.



Podríamos seguir enumerando causas y factores de aquel acontecimiento tan extraño. Pero los mencionados hasta ahora son, a mi entender, los más importantes.



Ahora nos preguntamos: ¿De dónde surgieron los hombres que desgarraron las tierras de al-Andalus hasta convertirlas en un mosaico de principados y que con sus luchas fratricidas llegaron a la total desintegración?



La mayoría de los jefes que se repartieron los restos del Califato cordobés a raíz de la «fitna», eran hechuras o parientes de Almanzor. Ahora tenemos más datos sobre este grupo de ‘amiríes que, además de haber sido servidores, ayudantes, esclavos o parientes de Almanzor, se formaron en su escuela política y moral. De él aprendieron el maquiavelismo y la crueldad, la astucia, la viveza, la avidez por el poder y la habilidad en el manejo de los medios a su alcance. Pero estos hombres no consiguieron aprender de él lo más importante: la valentía sin límites, el incansable tesón dando como fruto una profunda fe musulmana, el orgullo del árabe, y la generosidad propia de esta cultura. Almanzor fue todo esto, además de un hábil conductor de hombres. Todos sabían imitarle en los defectos, pero ninguno supo seguir su ejemplo en lo grande o positivo. Cosa que no es extraña, pues todos sabemos qué fácil es caer en la bajeza y qué difícil es la elevación.



Los reyes de Taifas, discípulos de Almanzor



Es sumamente útil para nuestro propósito exponer aquí los lazos que unían a cada una de las dinastías de reyezuelos con Almanzor y, en consecuencia, cómo se formaron en su escuela. Veremos a continuación las relaciones entre Almanzor y los fundadores de algunas de aquellas dinastías que se repartieron las tierras del Califato para transformarse en reyes de Taifas.



Los Hammûdíes: ‘Alî y al-Qâsim, hijos de Hammûd, contaban entre los jefes beréberes llamados por Almanzor para apoyar su dictadura. Después de la muerte de ‘Abd al-Rahmân ibn abî ‘Amîr, formaron parte del grupo beréber que apoyaba la causa de Sulaymân al-Musta’în. A la muerte de éste, se apoderó `Ali b. Hammûd del Califato, en Muharram 707 (julio 1016). Ninguno de aquellos pretendientes se esforzó tanto para emular a Almanzor, especialmente durante los primeros ocho meses de su infeliz reinado, de dos años escasos. ‘Alî se mostró firme, justo, austero y audaz. Mantuvo a los beréberes de Zanata con mano fuerte, y esto bastó para que los cordobeses le entregasen su corazón. Los contingentes de Zanáta eran, en aquellos tiempos, una de las causas más peligrosas de disturbios: traídos desde Africa por Almanzor, se sentían sus vasallos y no reconocían más autoridad que la de él y sus hijos. Les encumbró hasta el extremo de utilizarles para humillar el orgullo de los andaluces. Eran turbulentos, intrépidos y anárquicos. Sólo una mano firme podía sujetarles y sacar partido de ellos. Almanzor y su hijo `Abd al-Malik al-Muzaffar supieron hacerlo, pero su segundo hijo `Abd al-Rahman, no supo imponerles el debido respeto y le abandonaron a su suerte, para acudir a la capital, en donde iniciaron un largo y triste periodo de anarquía y desolación.

Apoyaron la causa de Sulaymân al-Musta’în, como hicieron los otros beréberes, para luego abandonarle por ‘Ali ibn Hammûd, y formaron parte de los mercenarios que acompañaban su cortejo cuando entró victorioso en Córdoba, el primero de julio de 1016. Era de esperar que le sirviesen con más sinceridad, puesto que él mismo era casi un zanâtí. Pero no fue así. Este hombre que subió al Califato de la manera más brutal y violenta que imaginarse pueda, una vez elegido califa quiso imitar los modos de su admirado Almanzor. Durante los primeros ocho meses de su reinado se mostró firme, justo y correcto, Exigió el orden y la obediencia a todos los beréberes, zanâtíes y de otras tribus. Mientras los cordobeses le demostraban su adhesión, los beréberes se alejaron de él. Aquí no pudo `Alî ibn Hammûd seguir jugando con su papel de Almanzor, pues le faltaba la valentía de aquél.



Apenas supo que los Zanatíes le habían abandonado, se sintió perdido y olvidó toda firmeza o rectitud. Para reconquistar la ayuda de los Zanâtíes les permitió toda clase de desmanes, dejándoles disponer de Córdoba y de sus habitantes a su antojo. Les permitió insultar y despojar a los notables cordobeses, tales como Abû-l-Hazm ibn Yahwar, de sus vestidos y montura en plena calle. Esta debilidad de su carácter decidió la suerte de `Alî ibn Hammûd. Fue asesinado por sus propios esclavos. Si hubiera seguido con la firmeza de sus primeros meses, hubiera podido muy probablemente ganar la partida. El resto de los pretendientes de esta casa no fueron mejores que `Alí ibn Hammûd en este sentido.



Los `Abbâdíes eran clientes de Almanzor y de (pretendido) origen árabe yemení como él. Se instalaron en al-Andalus, en la región de Sevilla. Ismà’il ibn ‘Abbâd fue nombrado cadí de Sevilla por Almanzor y se convirtió, con su apoyo, en el hombre más rico y notable del oeste de al-Andalus. Al comienzo de la revolución fue perseguido por Muhammad ibn ‘Abd Yabbaâr al-Mahdi. Luego, cuando los Hammûdíes se apoderaron del Califato, al­Qâsim ibn Hammûd se aseguró la adhesión de los `Abbâdíes nombrando a Abu-l-Qàsim Muhammad ibn `Abbâd, hijo de Ismà’il, su representante en Sevilla. Le devolvió las propiedades de su padre. Así empezó a brillar la estrella de esta casa. Abu-l­Qâsim ibn `Abbâd siguió el modelo de Almanzor en todas las facetas negativas de su carácter, pero no fue capaz de emularle en lo grande o noble.



Los Banû Sumâdih de Almería. – El fundador de esta rama de la casa Tuÿîbî, en Almería fue Muhammad ibn Ma’n ibn Sumâdih. Su madre, Burayha, fue hija de `Abd ar-Rahmân, hijo de Almanzor. Además, cuando los enemigos de su casa le expulsaron de Zaragoza, buscó refugio en Valencia y se puso bajo la protección de su gobernador, `Abd al-`Aziz ibn `Abd al-Rahmân ibn Abî `Amîr, su tío materno. Los dos hijos de Muhammad ibn Ma’n se casaron con dos hijas de `Abd al-`Aziz y uno de ellos, Ma’n, fue nombrado por él gobernador de Almería. Así empezó la influencia de esta casa sumâdihí en esta ciudad.



Los Banû al-Aftas, de Badajoz. – El fundador de este emirato fue un esclavo `âmirí llamado Sâbûr, que fue también mozo y seguidor de Fâ’ik, el esclavón de al-Hakam II. Como siempre, Almanzor se procuraba la adhesión de los jóvenes esclavos en contra de sus dueños, y de este modo Sâbûr llegó a ser `âmirí, es decir, miembro del partido del gran dictador. `Abd Allah ibn Maslama, fundador de la dinastía de los Aftasíes, era un teniente de Sâbûr. Descendía también de la tribu de Miknâsa, que llegó a al-Andalus buscando fortuna y atraído por la fama de A1manzor. Así se formó `Abd Alláh ibn Maslama en la escuela del maestro. Al estallar la revolución, Sâbûr se independizó en Badajoz y `Abd Allah ibn Maslama se unió a él con los guerreros miknâsies a sus órdenes. Sirvió a Sâbûr con gran devoción y a su muerte le heredó y se instaló en Badajoz como reyezuelo, tomando el título de al-Muzaffar.



Los Banû Razîn de Santa María de Albarnacín, llamada también la Sahla. – El fundador de esta casa fue `Abd al­Màlik ibn Hudayl ibn Razîn, de la tribu beréber de Hawwâra, confirmado en el gobierno de esta región fronteriza por Almanzor. A raíz de la revolución se separó de Córdoba con el mismo pretexto que alegaron Ismâ’il ibn Dzû-1-Nûn, Mundir Ibn Yahyá y otros muchos jefes de regiones fronterizas, es decir, su pretendida devoción a Hishâm II en contra del pretendiente Muhammad ibn `Abd al-Yabbâr al-Mahdî. Es interesante observar cómo los `Amîríes y sus seguidores se apoyaron, en los comienzos de la revolución, en la lealtad -aparente desde luego- al califa legítimo Hishâm II. Almanzor también se había apoyado en ella. Este rasgo fue una de las maniobras políticas que casi todos los `ámîríes heredaron de su maestro.



Los Banû Tâhir de Murcia. – Muhammad ibn Ahmad ibn Tâhir, fundador de un emirato en Murcia, fue un antiguo miembro del grupo `âmirí desde los días de Almanzor. Cuando la revolución, Zuhayr el esclavón `âmirí, se adueñó de Almería y Murcia. En esta última ciudad, el personaje más importante era Abû `Âmir ibn Jattàb, de la familia de los Banû Jattâá , antiguos clientes y protegidos de Almanzor. Zuhayr, temiendo el prestigio político de Abû `Âmir ibn Jattâb en Murcia, le obligó a vivir con él en Almería y nombró a Muhammad ibn Tâhir gobernador de Murcia. A la muerte de Zuhayr, Ibn Tâhir siguió como jefe independiente de Murcia, apoyado por `Abd al-`Azîz, hijo de `Abd ar-Rahmàn ibn abî `Àmir, dueño de Valencia. Muerto Muhammad ibn Tâhir, le sucedió su hijo Abû Tâhir `Abd ar-Rahmân ibn Muhammad, el más conocido de su dinastía. Es el famoso autor de la carta que contiene la historia del Cid, publicada por Dozy en sus Recherches (II, apéndice). Una carta que se ha convertido en un verdadero documento histórico de inestimable valor.



Ibn Rasiq Ahmad, señor de Mallorca, fue un antiguo seguidor y partidario de Almanzor, nombrado gobernador y lugarteniente de aquella bellísima isla, por Maÿâhid, el famoso jefe de los esclavos `Âmiríes.



Los Banû Dzû-l-Nûn, de Toledo, fueron quizás, los que más sufrieron el impacto del ejemplo `âmirí. El carácter del fundador de la dinastía, un beréber «andalusí» de la tribu de Hawwara, refleja más que ningún otro, las facetas negativas de la figura de Almanzor. Fue gobernador de Uclés durante el mandato de aquél y se esforzó en demostrarle su adhesión. Al morir el segundo hijo de Almanzor, en 1009 y al comienzo de la conflagración de la guerra civil, Ismâ’il ibn Dzû-1-Nûn se pronunció a favor de Sulaymân al-Musta’în y obtuvo la confirmación de su dominio en Uclés. Su vecino por el Este era Wâdih, eslavo `àmirí que dominaba en Almería y Murcia, extendiéndose también su autoridad hasta Cuenca. Ismâ’il se ganó su amistad y consiguió el gobierno de esta última ciudad. Cuando Wâdih murió, su mujer buscó refugio en Cuenca y pidió la protección del vasallo de su marido. Su interés por ella creció cuando supo que la viuda, además de los hijos de Wâdih, tenía una respetable cantidad de sus riquezas que él no tuvo escrúpulo en confiscar. Al mismo tiempo, supo añadir Santaver a sus posesiones. Luego, los Toledanos, incapaces de ponerse de acuerdo para elegir un gobernador y necesitados de alguna fuerza militar indispensable para proteger la ciudad y su provincia, decidieron llamar a Ismâ’il, hijo de al-Midrâs ibn Dzû-1-Nûn. Ante la invitación a hacerse dueño de Toledo llegó el ambicioso cabecilla a convertirse en el reyezuelo más importante de al-Andalus de entonces, desgarrada por completo. Además, fue el primero en declararse independiente, pues en los primeros meses que siguieron a la muerte del tercer `âmirí, los restantes jefes provinciales esperaban con expectación el resultado de la contienda desarrollada entre los pretendientes marwâníes y sus secuaces.



Ninguno de aquellos usurpadores se mostró tan fascinado y ebrio de su efímero poder como este ávido rapaz. Se diría que era como un nuevo rico que no sabe, ni puede, ni quiere comportarse con la dignidad impuesta por su cargo. Imaginándose ya ser un gran monarca, se extrañaba mucho cuando oía comentar a alguien que pronto se podría reunificar al-Andalus bajo el mandato de un marwâní. Decía entonces: «Juro por Allah que si Abû Bakr al-Siddîq me pide obediencia iré contra él. ¿Cómo voy a ceder mi poder a un pretendiente de los Banû Umayya a quienes Allah no nos obliga a obedecer? Estos descendientes de Marwân son de linaje ilegítimo; sus abuelos ni siquiera estuvieron entre los compañeros de Muhammad ni les permitían los piadosos antepasados el derecho al voto en las elecciones para el emirato». Lo mismo decía de todos los Hâshimîes y Qurashíes sin excepción. Una vez, les insultó a todos diciendo que el poder sólo pertenece a quien lo consigue.



La actitud de este hombre es un ejemplo claro de lo que antes decíamos: estos cabecillas no temían en principio que sus tierras pudiesen caer en manos cristianas. Pensaban que se habían liberado por el momento del poder central y no tenían que hacer más que gozar del poder y de la vida. Además, Ismâ’il ibn Dzû-1-Nùn, se vio momentáneamente engañado por la paz y la tranquilidad que reinaban en las fronteras con León y Castilla, ocupadas a la sazón en una guerra entre los hijos de Sancho III. Pero luego, cuando Fernando I logró unificar el reino de nuevo, en 1037, todo cambió. El monarca cristiano continuó el avance hacia el sur y consiguió, con el ala izquierda de sus tropas, llegar hasta las tierras dependientes del reino de los Aftasíes, apoderándose de Coimbra. Pero Ismâ’il ibn Dzû-1-Nùn no vivió hasta los tiempos de Sancho II y Alfonso VI. Murió en 1043 y el trono de Toledo fue a parar a su hijo Yahyá, llamado al-Ma’mûn y luego a su biznieto Yahyá, llamado al­Qâdir.



Estos fueron los más importantes reyezuelos. No he mencionado aquí a los Esclavos `Âmiríes, pues está claro que formaban parte integrante del partido `Âmirí. De los ejemplos citados se desprende cómo Almanzor se esforzó con suma paciencia para preparar el terreno a fin de que su familia ocupara el puesto de los Marwaníes. Para ello formó un ejército `âmirí y un partido devoto a él y a su casa. Al morir en 1003, dejó a su hijo al-Muzaffar en su puesto, pensando que a la muerte de Hishâm II el califato pasaría a su familia. Pero no fue así. A nadie engaña el destino tan cruelmente como a los dictadores que se pasan la vida engañando a los demás. Su hijo al-Muzaffar murió muy joven, después de siete años de reinado. Su segundo hijo era un monstruo sin corazón ni piedad, que sufrió el peor de los destinos, traicionado y abandonado por sus propias tropas `âmiríes. Huyó de la manera más cobarde que imaginarse pueda y fue degollado por sus enemigos unos días más tarde. El ejército mercenario formado por Almanzor volvió a convertirse en la plaga de al-Andalus, y el partido que había formado demostró estar compuesto por hombres ingratos y rapaces sin piedad que se repartieron el país olvidándose de todo: patria, honor y dignidad.



Sugerencia de un plan para escribir la historia de esta época



El período de los Taifas fue una larga etapa que duró, más o menos, desde 1009 a 1090, es decir, casi todo el siglo XI. Representa una época tumultuosa y trágica, durante la cual se decidió virtualmente la muerte de un al-Andalus y el nacimiento de otro. Doble acontecimiento de gran alcance y transcendencia, tanto para el mundo musulmán como para el cristiano, pero que no ocurrió repentinamente, sino que siguió un proceso -a veces lento- de transición, pasando, siempre en línea recta, de una fase a otra sin bruscos contrastes. Es cierto que la intervención de los Almorávides y su victoria en Sagrajas (23 de octubre de 1086) detuvo la marcha del proceso momentáneamente, pero este acontecimiento tuvo lugar casi a finales de la época de los Taifas y fue el preludio de su fin.



Durante esta época vemos a distintas al-Andalus caminar hacia su trágico fin con diferente ritmo. En algunas de ellas, como Sevilla, Toledo y Valencia, la marcha de los acontecimientos fue acelerada y tormentosa. En otras, apenas cambió la situación: en Almería, el reinado de Muhammad ibn Ma’n ibn Sumâdih, duró cuarenta años sin interrupción, desde 1041 a 1091, como si Almería no formase parte de la al-Andalus de entonces. Igual ocurrió en Santa María de Albarracín, en donde Hudayl ibn Jalaf ibn Razîn y su hijo `Abd al-Malik, reinaron casi cuarenta años cada uno (de 1010 a 1058 y de 1058 a 1102 respectivamente).



Este desigual desarrollo histórico de los principados, representa la más ardua dificultad con que tropieza el historiador que se proponga ocuparse de la época de los Reyes de Taifas.



El propósito se hace más espinoso aún al adentrarse en la complicadísima red de relaciones -tanto de guerra corno de paz- que los reyezuelos mantuvieron entre sí, por un lado, y con los reyes cristianos por otro. ¿Cómo se puede escribir esta historia, narrar los acontecimientos principales de cada principado y dividir el período en épocas? ¿Se pueden clasificar los reyezuelos según su filiación étnica: Taifas árabes, Taifas beréberes y Taifas eslavas?



Ninguno de los métodos seguidos hasta ahora es aceptable ni resulta adecuado. Menéndez Pidal optó por escribir la historia de esta época en torno a la figura del Cid, e incluso incluye todo el siglo XI bajo el nombre de «La España del Cid», lo que representa un método más sentimental que histórico, al poner como eje de todos los acontecimientos a un personaje heroico, desde luego, pero no fundamental. Incluso su conquista de Valencia ni fue duradera ni de largo alcance. Alguna influencia sí tuvo el Cid para acelerar la desintegración del ala derecha de al-Andalus, pues al inspirar terror en todo el Levante obligó a muchos musulmanes a huir de sus hogares facilitando así el avance cristiano.



Pero, ¿cómo estudiar la época de los Taifas? Podríamos dividir esta época en tres pequeñas etapas:



1. – La primera, de 1009 a 1031, es la etapa de la lucha por el Califato. Durante aquellos veintidós años no había todavía ni reyes ni reinos de Taifas. La lucha entre los pretendientes y sus seguidores se desarrollaba en la capital o en sus alrededores, mientras que los gobernadores de las provincias se mantenían a la expectativa. Algunos seguían la marcha de la guerra fratricida, estupefactos y afligidos, esperando superar la crisis y ver restablecida la paz, mientras que otros se preparaban para adueñarse del poder en sus provincias a la menor oportunidad. Pero ninguno de ellos intentó nada importante durante esta etapa. Por lo tanto, se puede escribir su historia en un sólo capítulo sin demasiada dificultad.



2. – Una vez suprimido el Califato, el 20 de noviembre de 1031, comienza la época de los Taifas propiamente dicha, pero al-Andalus no estaba todavía dividida. Cada uno de los pretendientes se había lanzado a la ardua tarea de transformar su provincia, ciudad y a veces simple castillo, en un reino y ellos mismos en reyes. Las fronteras no estaban todavía delimitadas y el conflicto en torno a las ciudades o castillos era muy encarnizado. De vez en cuando, algunos vencidos en esta lucha en torno al califato, o en su carrera hacia las monarquías de provincias, se vieron eliminados o puestos fuera de combate o constreñidos a entregar un sitio para conseguir un nuevo lugar en donde hacerse dueños independientes o vasallos de otro. A veces, algunos de ellos se vieron obligados incluso a abandonar al-Andalus.



A todos estos detalles, que son en realidad el preludio de la fundación de los reinos de Taifas, se les puede reservar un capítulo que estudie, al mismo tiempo, los orígenes de las dinastías de los Taifas y el desarrollo de los acontecimientos hasta establecer de un modo más o menos fijo el cuadro general de los reinos. Este período nos lleva hasta 1040 0 1045, ya que entre estos dos años quedó establecido, casi definitivamente, el cuadro general de la al-Andalus de las Taifas, especialmente para los más importantes de ellos, es decir, Sevilla, Granada, Almería, Badajoz, Valencia, Denia y Zaragoza. Este capítulo puede empezar con los acontecimientos de Córdoba bajo los Banû Yahwar, y terminar con un estudio de conjunto del desarrollo de las posesiones cristiana hasta finales del reinado de Sancho el Grande.



3. — Luego viene la etapa de los Taifas propiamente dichos, que comprende hasta 1090. Aquí es preciso reservar un capítulo para cada uno de estos reinos, especialmente de los más importantes como Sevilla, Badajoz, Granada, Valencia, Denia y Zaragoza, Toda la epopeya del Cid se puede incluir en el capitulo de Valencia.



El estudio se termina con la historia de la intervención de los Almorávides y la incorporación de los reinos de Taifas -menos el de Zaragoza- a su imperio. Aquí se puede incluir también un juicio general o conclusión sobre todo el panorama del siglo XI.



Se entiende que el estudio en estos capítulos se limitará a la historia política. Para el resto y la más importante faceta, la historia de la civilización musulmana durante este siglo, hay que escribir un volumen aparte. Un volumen que abarque todos los aspectos de la historia de la cultura musulmana en aquel siglo que conoció la decadencia política y el apogeo cultural del mismo pueblo.



Después de trazar este plan como mera sugerencia nada más, reanudamos nuestras observaciones generales sobre esta época.



En unas breves líneas escritas por Lévi-Provençal, como colofón al segundo volumen de su Historia de la España Musulmana, trata de buscar las causas del extraño acontecimiento de la desintegración de al-Andalus. Dice: «Menos de un cuarto de siglo había bastado para que al-Andalus viese caer, como un castillo de naipes, el edificio que los Omeyas habían erigido tan trabajosamente sobre su suelo y apuntalado lo mejor que pudieron, siempre que una sacudida demasiado fuerte conmovía sus cimientos. Las causas que provocaron este súbito derrumbamiento se dejan adivinar, aunque estén apenas apuntadas en los relatos de los historiadores árabes. Fueron: la incapacidad de Hishâm II y del tercer regente `âmirí, prolongada en la de los últimos representantes de la dinastía marwâní; la injerencia creciente y pronto desmesurada, en los negocios públicos, de los pretorianos beréberes y eslavos; la anarquía latente en la plebe de Córdoba; la culpable apatía de las clases burguesas y, sobre todo, la disociación progresiva del poco homogéneo conglomerado de las poblaciones andaluzas, con el despertar de los particularismos étnicos y la formación de partidos políticos fundados en afinidades de origen».



«Pero aun apreciando todas estas causas, el vertiginoso derrumbamiento omeya sigue siendo un motivo de asombro. Nos explicaríamos mejor la catástrofe si hubiese sido menos rápida, y si algunas grietas no cerradas o algunas hendiduras mal separadas nos hubiesen predicho su próxima caída. Una vez que el califato cordobés llegó a la cima de su poderío, hubiéramos esperado que se abriese un largo período de progresiva decadencia delatada por un declive continuo de la autoridad real, por repetidos reveses militares o por graves usurpaciones hechas por el enemigo cristiano en el territorio musulmán. Nada de esto sucedió».



Si la caída del califato es un acontecimiento asombroso y difícil de explicar, lo que siguió no fue menos extraño. Aquí se siente como si la lógica que rige la historia se hubiera confundido, igual a un reloj estropeado durante cierto tiempo. Ante tan extraña sucesión de acontecimientos no nos queda más remedio que contentarnos con seguir el paso de los mismos tal y como ocurrieron.

El primer resultado de la caída del califato fue el desmembramiento de su territorio en principados hostiles unos a otros. Este hecho, no solamente asombra al lector árabe, sino que le entristece y llena de disgusto, por considerar a los llamados Reyes de Taifas como criminales que destruyeron la unidad del calitato para nombrarse emires y reyes que sacrificaron el interés común por el propio, a fin de satisfacer su orgullo vano, egoista y estéril. El historiador no árabe, califica su conducta, por lo menos, de estúpida, ya que la considera como indicio de falta de sentimiento nacional e islámico.

Seguramente algo hubo de todo esto; pero consideremos el caso más detenidamente. Tomemos, por ejemplo, los dos casos de Ismâ‘il ibn `Abbád y Ya’îsh, ibn Muhammad ibn Ya’îsh, que se declararon independientes, el primero en Sevilla y el segundo en Toledo. Ismâ‘il ibn `Abbád, cuando estalló la guerra civil -a la muerte de `Abd al-Rahmán, hijo de Almanzor, en febrero de 1009 -era el hombre más destacado de Sevilla. Era juez de la ciudad y supo acumular inmensas riquezas. Por su cargo de juez y por su rica posición, resultaba la persona más adecuada para regir los destinos de su región a falta de un poder superior. Ya’îsh ibn Muhammad ibn Ya’îsh, era el más importante dignatario de Toledo. Además de rico era también juez. Cuando llegó la noticia de la revolución a las grandes capitales, Ibn `Abbád se hizo cargo del poder en la provincia de Sevilla con el consenso general.

En Toledo se formó una Junta de dignatarios para mantener el orden hasta que pasase la crisis y se restableciese nuevamente el orden. Pero la crisis no terminó, y de repente llegó la noticia de la abolición del califato. De un golpe desapareció la unidad y su símbolo. Sin aspirar a la independencia ni pensar en hacerse príncipes en sus provincias, hombres como Ibn `Abbád, Ibn Ya’îsh y demás jefes de las comunidades provinciales, se encontraron aislados de Córdoba y de las demás provincias del Califato. La situación en que se encontraban, después de aquel 30 de noviembre de 1031, debía de parecerles muy extraña, pues la costumbre era que se desintegrasen los reinos de fuera a dentro: se separaban las provincias una tras otra hasta la desintegración del Imperio. Acostumbraba a ocurrir tal desintegración lentamente; se predecía la caída por algunas grietas mal cerradas o por algunas hendiduras mal separadas, como dice Lévi­Provengal. Los jefes, en las provincias, se acostumbraron poco a poco a la ausencia del poder central, se adaptaron con el correr de los años a la vida desamparada, y en todo caso, la dinastía caída fue sustituida por otra nacional o extranjera. Por la fuerza, por herencia, por traspaso legal, por previos acuerdos, por traiciones o por cualquier otro motivo, siempre había quien se hacía cargo del poder central y por lo menos subsistía un símbolo para reclamar la lealtad de las provincias. Pero aquí, de la noche a la mañana, los notables provincianos se veían obligados a ser independientes. No podían permanecer leales aunque lo hubiesen querido, puesto que no tenían a quién serlo.



Así, por una de esas tristes ironías del destino, los jefes de las comunidades en las provincias no podían escapar de ser príncipes independientes en sus localidades. Tenían que transformarse de jueces, gobernadores provinciales, notables destacados, o jefes militares, en príncipes o reyes, según les convenía. El cetro estaba en sus manos y podían escoger el tipo de corona más de su agrado y empezar el aprendizaje del difícil arte de ser reyes.



Los jueces seguían el ejemplo de Abû-l-Hazm ibn Yahwar, jefe de Córdoba, que suprimió el califato y asumió el poder en la capital y en su provincia, siguiendo el modelo trazado por Almanzor. El caso de al-Mansûr Muhammad ibn Abi `Âmir, no fue único en al-Andalus solamente, sino en toda la historia musulmana. Desde luego, hubo muchos ministros que reinaron en nombre de reyes o califas, despojándolos de toda autoridad real, pero no como al-Mansûr. Este, con una audacia sin límite.,, con ambición devoradora, con aguda inteligencia, pudo subir al poder desde la nada. Este hombre aparecía ante sus seguidores y admiradores como un modelo del perfecto político y administrador. Pero todos han olvidado que para este tipo de político no sirven los modelos. Son hombres «sui generis», a los que no se puede -a veces es peligroso- imitar.



Todos aquellos jueces o jefes de comunidades no eran nada en relación con la administración del Estado y se encontraron, después de aquel 30 de noviembre de 1031, llamados a serlo todo. No tenían más modelo que el de aquél que ya había vivido esta experiencia.

Este creo que fue el móvil inconsciente -o consciente- que empujó a Abû-1-Hazm ibn Yahwar a suprimir el califato. Este hombre, representante de una de las más nobles familias de la capital califal, gozaba de facultades excepcionales y disponía de inmensas riquezas. Podía erigirse en regente y haber conservado el califato hasta encontrar una personalidad capaz de revestirse de la dignidad de califa, en vez de suprimirlo totalmente, pero su objetivo no era el de salvar el régimen al que él mismo lo debía todo, sino transformarse en un pequeño Almanzor en Córdoba. Sus aspiraciones no pasaban de tales límites, y al lograrlos empezaron sus sufrimientos.



Ibn Yahwar dominó Córdoba con su astucia e ingenuidad, así como con el nombre prestigioso de su familia. Ante todo le interesaba el dinero. Llegó a ser el hombre más rico de Córdoba y supo hacer reinar la paz y la tranquilidad en ella después de tantos años de disturbios, saqueos y miseria. Lo que escapó a la astucia de Ibn Yahwar fue el ver que era imposible vivir en una isla de paz rodeada de un mar agitado que la amenazaba constantemente. Pocos años después de su muerte, los dos hijos que le sucedieron intentaron seguir su camino; pero un día la ola de disturbios los sumergió.

Ibn `Abbâd de Sevilla hizo lo mismo. Siguió el mismo modelo de Almanzor, pero con más precisión, más crueldad y menos humanitarismo. Tuvo más suerte, ya que su hijo continuó la obra de dominación de Sevilla y su provincia. De pronto se convirtió Sevilla en un verdadero principado, con ejército, gobierno, atributos reales e incluso su corte de poetas. Pero todo ello era tan frágil, tan artificial, que se temía su desplome en cualquier momento.



La causa de esta fragilidad latente en todos los reinos de Taifas, fue que el modelo de Almanzor no encajaba más que dentro del marco de un estado legítimo. Almanzor era un Hâÿib, digamos gran visir, primer ministro de un califa, de una monarquía sólidamente establecida. Ahí residió su fuerza: sin esto de nada le hubiera servido ni su inteligencia ni su astucia, porque el concepto de la autoridad basada en la pura fuerza no convenció jamás a la mentalidad musulmana medieval. No sirve en este sentido ni el apoyo de los alfaquíes (los faqihs, expertos en derecho islámico) ni un edicto (fatwá) de su colegio. La legalidad real de un estado musulmán, en aquel tiempo, se ganaba y se consagraba solamente por el esfuerzo en defensa del Islam. Los Omeyas de Oriente, que no eran al principio más que usurpadores, conquistaron la legalidad a través de las grandes campañas de expansión que dirigieron. Lo mismo ocurrió con los Omeyas de Occidente: conquistaron la legalidad mediante sus campañas anuales en defensa del Islam y sus tierras.



Nadie entendió esto como Almanzor. Dirigió dos campañas anuales, no para extender precisamente el dominio de al-Andalus, porque en realidad no lo hizo, sino para conquistar la legalidad de su régimen y, seguramente, si Almanzor hubiese tenido hijos capaces de continuar el trabajo emprendido por él, su dinastía hubiera suplantado a la casa Omeya, como los carolingios sucedieron a los merovingios surgiendo de su propio seno.



Esta es la parte de la herencia de Almanzor que sus imitadores se olvidaron de captar. Le imitaron en todo menos en lo más importante, en lo fundamental. Grandes o pequeños, fuertes o débiles, estos reinos de Taifas, por su actitud cobarde frente a los enemigos del Islam y los musulmanes, se condenaron de antemano. Se apoderaron del poder, como hemos visto, de una manera lógica y casi legal: al desaparecer el poder central tenían que hacerse cargo del poder en sus territorios. Pero fracasaron en consagrar este poder, en conquistar su legitimidad, perdieron la vigencia indispensable para cualquier régimen que aspira a ser duradero.



Todos fueron elogiados por hacerse cargo del pudor, y todos fueron condenados por su comportamiento después. Del fundador del emirato de los `abbâdíes dice Ibn Hayyân: “Allah hizo aprovechar a sus súbditos de sus servicios“. Pero su hijo y sucesor fue calificado por Ibn Bassâm como un hombre parado en mitad del camino después de haber reventado su montura.



La semejanza no puede ser más acertada, ya que en realidad los reyes de Taifas fueron unos hombres desgraciados detenidos en mitad del camino. Sus reinos perdieron su razón de ser apenas nacidos. Estaban condenados a desaparecer, especialmente porque se encontraban en una zona disputada por dos frentes que se combatían: los cristianos por el norte y los musulmanes por el sur. Tarde o temprano la dirección del frente musulmán tenía que pasar a manos de los que combatían por el Islam. Esto es lo que trajo a los Almorávides a al-Andalus. Mucho se ha dicho con respecto a la dominación de los Almorávides en al-Andalus: la atracción hacia un país más civilizado, los deseos de apropiarse de las riquezas de al-Andalus, el empuje natural de un imperio más allá de sus fronteras y otras muchas razones. Puede ser que hubiera algo de todo ésto, pero ante todo estaba la llamada de la historia.



Fatalmente fueron llamados los Almorávides a la Península Ibérica, como lo fueron los cristianos del norte al centro de la Península. En aquella zona existía un vacío político que atraía a las fuerzas del exterior. Allí también estaba el desafío al Islam y a las dos fuerzas que se sentían capaces de responder al mismo. Los reyes de Taifas, que vivían en el mismo campo de batalla, no estaban a la misma altura del desafío y por consiguiente tuvieron que desaparecer. Este es uno de los casos históricos en donde se aplica casi a la letra la ley del «challenge and response», de Arnold Tonybee.

Algo semejante ocurrió en el Oriente musulmán a finales del mismo siglo once, cuando llegaron los cruzados a Siria. Ni los jefes de los emiratos sirios de aquel entonces, ni los Fâtimíes, estaban a la altura del desafío. Otros musulmanes, los atabeks, es decir los regentes de los Selÿûqíes del Irak, eran capaces de enfrentarse al desafío, y en consecuencia se encontraron llamados a responder, por lo que, en la lucha, desaparecieron los principados sirios y el imperio fâtimí.


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