LA HISTÓRICA CONVIVENCIA ENTRE JUDIOS Y MUSULMANES

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LA HISTÓRICA CONVIVENCIA ENTRE JUDIOS Y MUSULMANES

Mensaje  Hakim el Miér 09 Sep 2009, 16:21





Ricardo H. S. Elía

¿Fue sólo casualidad o mero pragmatismo el hecho de que un califa corbobés como Abderrahmán III tuviese en la figura del judío Hasday Ibn Shaprut a su mejor ministro y médico, y que otros judíos se convirtieran en los visires más poderosos de Granada? ¿Fue resultado del azar el hecho de que viajeros judíos como Benjamín de Tudela o Jacobo de Ancona recorrieran casi todo el mundo musulmán durante los siglos XII y XIII sin salvoconductos y sin ningún tipo de trabas o cuestionamientos? Los ejemplos de la convivencia entre judíos y musulmanes en Al-Andalus/Sefarad abruman por su número y hablan a las claras de que judíos y musulmanes eran parte activa e integrada de una sociedad pluralista y mestiza basada en la creencia de que unos y otros eran hijos del mismo padre. La Historia aporta la esperanza que hoy no ofrece la política.

En la Edad Media (según la historia de Europa), la civilización musulmana -que entonces brillaba por el dinamismo y el prestigio de su filosofía, su literatura y sus ciencias- ejerció una gran influencia sobre la cultura judía.

En aquella época, sabios, eruditos, poetas y literatos judíos escribieron en árabe la mayoría de sus obras. También adaptaron en hebreo los modelos literarios árabes, muy especialmente en Al-Ándalus —la España islámica—, llamada Sefarad por los judíos, que conoció el florecimiento de una espléndida cultura judeomusulmana a lo largo de ocho centurias. Desde fines del siglo VIII d.C., Sefarad se convirtió en la usual apelación hebrea de la Península Ibérica.

La interacción entre judíos y musulmanes comienza con la llegada de estos últimos a la Península. Sabiendo los judíos hispanos y los visigodos arrianos que los musulmanes profesaban un acendrado monoteísmo y destacaban por su generosidad y comprensión con los pueblos que encontraban a su paso, a partir del año 690 comienzan a enviar mensajes de socorro a aquéllos que estaban consolidando su establecimiento en el Norte de África. El auxilio se concretará con la llegada del contingente árabo-bereber dirigido por Tariq Ibn Ziyad (m. en 720) y Mughit ar-Rumi en 711, que luego de vencer al rey Roderico (Rodrigo) entre Gibraltar y Cádiz, avanza hacia el norte y asedia Córdoba.

Confirmando esta verdad histórica, el erudito judeomarroquí y profesor emérito de la Universidad de París Haim Zafrani (Essaouira, 1922) nos dice que: «Durante el asedio, los judíos se encierran en sus hogares esperando impacientemente el desenlace. Contrariamente a lo que sienten por los godos y su clero, no temen en absoluto la llegada de los musulmanes en los que tienen puestas todas sus esperanzas, pues no olvidan que los reyes visigodos los han oprimido despiadadamente. Sirviéndose de estratagemas, los judíos -según narran los historiadores musulmanes y cristianos-contribuyeron a facilitar la entrada del ejército islámico a la ciudad, celebrando su victoria. Mughit los tomó a su servicio, confiándoles la guardia de la ciudad. Lo mismo ocurrió en Toledo, y en Sevilla, donde Musa Ibn Nusair dejó una guarnición judía para mantener el orden».

La doctora Manuela Marín Niño, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, asegura que «los judíos del norte de África sabían que El Corán —y este libro era conocido en todos los territorios ocupados por los musulmanes— admitía la libertad de cultos de todos los pueblos que tenían un texto revelado y les adjudicaba un rango igual al de los cristianos, sus perseguidores en España… En consecuencia, los judíos peninsulares no vacilaron en convertirse en auxiliares de los conquistadores árabes e inscribirse como soldados para guardar el orden en algunas recién ocupadas (v.g. Sevilla) y permitir que las fuerzas de choque continuaran su avance en todas direcciones».

El arabista e islamólogo francés Lévi-Provençal en su obra erudita y monumental deja bien sentada la cuestión de por qué los judíos y otros pueblos de la región apoyaron el emprendimiento musulmán: «Tariq vio cómo se unía a sus tropas una masa de descontentos del propio país, satisfechos de eludir, mediante la incorporación al vencedor, la dura condición de la servidumbre y la iniquidad del régimen visigodo. Por su parte, los judíos del sur de España le ofrecieron desde este momento todo su concurso».

Otro tanto corrobora la doctora Rachel Arié, especialista del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de París: «Los cronistas árabes se hicieron eco del apoyo activo que los judíos del sur de España, oprimidos por los visigodos, prestaron a los musulmanes durante la conquista. En la primera parte del siglo VIII, los invasores musulmanes confiaron a los judíos de Granada, establecidos allí desde la época de los romanos, la vigilancia de la ciudad, mientras ellos proseguían su avance. En el transcurso del siglo VIII se permitió a los judíos de Al-Ándalus, al igual que a los mozárabes, el libre ejercicio de su culto… los judíos de la España musulmana adoptaron muy pronto la lengua árabe, al tiempo que el romance. En el siglo X eran tan numerosos en Granada que el cronista al-Razi llamó a la ciudad Garnata al-Yahud, la Granada de los judíos».

La conquista de Tariq, consolidada luego por Musa Ibn Nusair (640-714), permite a los judíos españoles convertirse en miembros de un dominio que se extiende desde el Atlántico hasta la China: esto significa reencontrarse con sus hermanos de las demás comunidades judías de Oriente y de África del Norte y reanudar sus lazos socioculturales y económicos.

A partir de entonces, y durante casi ocho siglos, los judíos y musulmanes peninsulares lograrán juntos una serie de portentos y modelos que deberían servirnos a nosotros, conflictuados e inconsecuentes hombres y mujeres del siglo XXI, a recapacitar sobre el espíritu que embargaba a nuestros antepasados judíos.

El medievalista francés Charles-Emmanuel Dufourcq precisa la categoría de los judíos en la sociedad musulmana y la colaboración que brindaron para la conquista de España y el sur de Francia: «En el conjunto de la dar al-Islam (10), tanto en Europa como en el resto del mundo, los musulmanes tienen el mismo concepto de los judíos que de los cristianos: creen en Dios, observan los preceptos dictados por el Dios de Abraham, que es también el de Mahoma (Muhammad). Las autoridades árabo-islámicas les conceden en virtud de ello el rango de dimmí. Constituyen una comunidad autónoma dondequiera que vivan. En el siglo VIII, los judíos desempeñan un papel crucial en la llegada de los árabes a Europa: la invasión musulmana de España y Occitania se lleva a cabo con su contribución. En efecto, en el siglo VII, el reino visigodo, muy bien integrado espiritualmente en el cristianismo católico-romano, se había propuesto eliminar la pequeña minoría judía que residía en su seno, acusándola de no colaborar lo suficiente por la unidad del país y de mantener relaciones demasiado estrechas con sus correligionarios de África del Norte, razón por la cual estos hijos de Israel se convertían en una lacra y planteaban un problema que la Iglesia y el Estado visigodos habían decidido resolver, primero mediante la persuasión y, luego, recurriendo a la violencia… En el año 693, un concilio nacional en Toledo, vedó a los judíos el comercio marítimo, con la excusa de que urdían intrigas con los musulmanes que se estaban instalando a la sazón en Berbería. No resulta por lo tanto sorprendente que los judíos contribuyeran a abrir las puertas de la península ibérica a los árabes. Más tarde, parece que también sus “hermanos” de Provenza o de las regiones alpinas se aliaron o colaboraron con los musulmanes instalados en el macizo de Maures».

En 863, el emir cordobés Muhammad I (g. 852-886) convoca un congreso para la unión y fraternidad de judíos, cristianos y musulmanes. El erudito español Felipe Torroba Bernaldo de Quirós nos confirma esta crónica, bastante poco conocida pero históricamente fidedigna: «… tras la ruina del estado visigodo, los israelitas irrumpen nuevamente en España de la mano de los musulmanes. Comenzó entonces la época dorada de los judíos españoles… Se instalaron por doquier y prosperaron por todas partes. Encontraron un ambiente de tolerancia -característica de los árabes en sus conquistas-… A la sombra de la Media Luna, los israelitas lograron el poderío, el saber, y las riquezas, que convergían en sus manos… Los hebreos, aparentemente identificados con los vencedores árabes, ven llegado el momento del renacer de su raza, en adoptar sus costumbres y su lenguaje. Los omnipotentes califas de Córdoba presenciaron el apogeo de una cultura —complementaria de la suya— que irradiará un resplandor cegador frente a las incipientes civilizaciones europeas».

La autoridad omeya les permitía el libre ejercicio de su culto en las sinagogas (sunuga), a cuyo beneficio podían constituirse bienes de manos muertas (waqf). Cada comunidad judía designaba entre sus miembros a un jefe (nasi), responsable de su conducta ante el soberano musulmán, el equivalente, en suma, al comes mozárabe. En tiempos de Abd al-Rahmãn III y de su hijo al-Hãkam II, este cargo fue desempeñado por el célebre dignatario de la corte omeya Hasday Ibn Shaprút, originario de Jaén. En la Granada zirí, el jefe del consejo de la comunidad era el famoso visir Samuel Ben Nagralla; su hijo José se atribuyó el título de nayid (príncipe de los judíos) que había caído en desuso. Había judíos en Jaén y recaudadores de impuestos (‘ummãl) judíos en Granada… La cultura árabe de los judíos en al-Ándalus se reafirmó en el siglo XI. Además del hebreo, lengua culta y litúrgica, conocían el árabe y el romance (al-rumiyya). Los Banu Nagralla fueron muy versados en las buenas letras árabes, y según los historiadores árabes, su magnífica biblioteca de Granada contenía todas las disciplinas islámicas. Donde mejor se patentiza la simbiosis judeoarábiga es en los escritos de tres maestros de la poesía hispano hebraica: Shlomó Ibn Gabirol, Moshé Ibn Ezra y Yehudah Ha-Levi… Entre los judíos del emirato nasrí encontramos a letrados como Abraham Gavison, autor de la crónica ‘Omer ha-Sihshah, y cuya familia, originaria de Sevilla, se había refugiado en Granada en 1391; también había grandes especialistas en liturgia, como los dos malagueños Abraham b. Me’ir Abi Simra y Hayyim Ibn Asmelis. Este último viajó a Argel en la primera mitad del siglo XV para consultar al célebre rabino Simon b. Semah b. Duran, de origen mallorquín».

«En poco tiempo, la brillantez alcanzada por los hispano-judíos en el saber rabínico acabaría haciendo de al-Ándalus el centro del pueblo judío y su guía espiritual, posición hasta entonces ocupada por Babilonia. La pléyade de poetas, gramáticos, filósofos y científicos que a partir de este momento se sucedieron entre los judíos españoles elevó a muy altas cotas la cultura judía y la literatura hebraico-española, hasta el punto de conocerse el período que entonces se iniciaba como la Edad de Oro de la literatura hebrea postbíblica. Todo ello fue posible por el bienestar que gozaron los judíos en Al-Ándalus, como luego en los reinos cristianos al menos hasta el siglo XIII, y por su estrecho contacto con la alta civilización árabe, en cuya cultura vivieron inmersos».

«En los tiempos del Reino de Granada los judíos convivían con los árabes en perfecta armonía. Era la Granada exquisita y tolerante de los reyes Nazaríes que supieron engalanarla como a una joya prodigiosa con los torreones espléndidos y las primorosas taraceas, que tienen por verde marco los jardines maravillosos, esos jardines árabes cautivos entre patios, muros y arcadas. Cúpulas y yeserías, columnas y arcos, mosaicos y artesonados, bordaron la belleza incomparable del Mirador de Daraxa, de la Torre de Comares, del Patio de los Leones. Y por doquier, el regalo cristalino del agua. El agua de la Alhambra, se deshilacha en hilos tenues. Los surtidores brotan entre las qasidas de Ibn Zamrak (1333-1393), que ornamentan los muros y circundan las tazas marmóreas de las fuentes. En Granada el sonido del agua es tenue, susurrante; se diría el desgranar melódico de un prodigioso collar de perlas. (…) Fue aquélla la época dorada de los israelitas, que estuvieron siempre en pie de igualdad con los musulmanes».

Moshé Ibn Ezra, un poeta judío de lengua y concepción árabe

El granadino Moshé Ibn Ezra (c.1055-c.1138) escribió el más importante tratado de teoría poética judía en árabe, llamado Kitãb al-muhãdara wa-l-mudãkara (”Libro de las conversaciones y de las evocaciones”). Fue autor también de una obra de carácter filosófico, la Maqãlat al-hadiqa fi ma’na l-mayãz wa-l-haqiqa (”Tratado del Jardín sobre el sentido metafórico y el propio”), escrita en árabe y luego traducida al hebreo, en la que se han identificado citas literales del original árabe del Fons vitae de Ibn Gabirol… Expone ideas neoplatónicas y en la obra ya cita expresamente a al-Farabi, con referencias explícitas a algunas de sus obras: “Al-Farabi explica en su libro al-Sira al-fãdila que la incapacidad de los intelectos para aprehender la Esencia primera no se debe a una deficiencia por su parte en el orden de la realidad, puesto que de Ella deriva una perfección consumada, sino a la insuficiencia de nuestros intelectos, revestidos de materia y sujetos a la privación”.

Los judíos según Sa’id al-Andalusi

El polígrafo hispanomusulmán Sa’id al-Andalusi en su obra principal escrita en la segunda mitad del siglo XI, nos ofrece uno de los principales testimonios directos de cómo los musulmanes calificaban a los judíos: «La octava nación [que se interesó por la ciencia] es la de los israelitas (Banu Isrã’il)… Sus rabinos conocían la historia de los profetas y los orígenes del hombre mejor que nadie. Es de ellos que adquirieron su saber musulmanes como ‘Abd Allah b. ‘Abbas, Ka‘b al-Ahbar y Wahb b. Munabbih… Entre nosotros en al-Ándalus hubo un grupo que se interesó por el arte de la medicina, entre ellos Hasday b. Ishaq, que al servicio de al-Hakam [II] b. ‘Abd ar-Rahman an-Nãsir li-Din Allah, se ocupó con celo del arte de la medicina, siendo eminente en el conocimiento de la ley judía… Entre ellos [también] se halla Ishaq b. Qustar, que estuvo al servicio de al-Muwaffaq Muyahid al-‘Amiri y de su hijo Iqbãl ad-Dawla ‘Ali. Era entendido en los fundamentos de la medicina, [estaba] familiarizado con la ciencia de la lógica y había estudiado las opiniones de los filósofos. Era [hombre] de loable proceder y de excelente moralidad. Lo frecuenté mucho y no he visto un judío como él en lo concerniente a su ecuanimidad, su sinceridad y sus acabadas cualidades (muru’a)… Entre los sabios judíos hubo algunos que se interesaron por ciertas ramas de la filosofía. Sulayman b. Yahyà, conocido como Ibn Yibir, habitante de la ciudad de Zaragoza. era un apasionado del arte de la lógica, poseía una fina inteligencia y un excelente juicio. se le presentó la muerte y murió cuando apenas había sobrepasado la treintena, en el año 450 [/1058]. En nuestro tiempo. entre sus jóvenes [estudiosos] se hallan Abu al-Fadl Hasday b. Hasday b. Yusuf b. Hasday, habitante de la ciudad de Zaragoza, que pertenece a una familia (bayt) noble de judíos [asentados] en al-Ándalus, descendientes del profeta Moisés -sobre él sea la paz-… Posee magistralmente la lengua árabe y ha logrado una parte considerable de las artes de la poesía y de la retórica. Destaca en la ciencia de los números, en geometría y en astronomía… Si se alarga el plazo [de su vida] y su empeño se mantiene, se elevará sobre la filosofía y comprenderá las [diversas] ramas de la sabiduría. Él es todavía un joven que no ha alcanzado la madurez, pero Dios Altísimo concede su gracia a quien quiere. Él es omnipotente. Éstos son los hebreos célebres entre nosotros que han adquirido notoriedad en la ciencia filosófica. En cuanto a los sabios judíos versados en la ley mosaica son demasiado numerosos para ser contados [tanto] en el oriente de la tierra como en el occidente de ella».

Ben Sahl de Sevilla

El sevillano Abu Ishaq Ibrahim Ben Sahl al-Ishbili al-Israili, nacido entre 1212 y 1213, de origen judío, fue un notable poeta que se destacó en el estudio de las ciencias coránicas, y llegó a ser secretario del gobernador de Ceuta Abi Alí Ibn Jalás. José María Ridao nos introduce en el mundo de Ben Sahl con su pluma desprovista de complejos: «Ben Sahl es sin duda uno de los poetas andalusíes aún hoy más populares no sólo en los territorios norteafricanos —donde fueron a parar muchos emigrantes musulmanes de la península— sino en la totalidad del mundo árabe. En Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto se siguen cantando los zéjeles del poeta sevillano, transmitidos de generación en generación en una corriente migratoria cuya última oleada tendría lugar en 1609, cuando llegaron a Túnez contingentes moriscos expulsados de la España imperial… Ben Sahl murió antes de cumplir los cuarenta años, cuando se dirigía a la corte del hafsí Abú Ad Allah al-Mustansir, acompañando al hijo del gobernador de Ceuta, portador de un mensaje para el monarca tunecino. El barco que en 1251 se hundía frente a las costas de Túnez, arrastrando consigo a uno de los mejores poetas de al-Andalus, abría las puertas al misterio de si su conversión fue o no auténtica».

Ben Sahl fue un poeta amoroso que no descartó la épica como los demuestran estas sentidas estrofas:

Dejad los aduares por la morada eterna

y navegad por el mar agitado hacia el verde paraíso.

Dejad las turbias aguadas, en el viaje nocturno,

y abrevad en las límpidas aguas de las albercas,

exponeos a los peligros del mar salobre

por cuya causa llegaréis al río Kawzar.

Soportad el ardor del mediodía

y tendréis una sombra en la otra vida.

Árabes que habéis heredado el honor

a través de antepasados ilustres,

Dios compra vuestras almas, vendédselas

gozaréis la recompensa del Comprador…

La religión se queja de sed y vosotros

sois sombra y agua como una primavera lluviosa.

La oscuridad se cierne sobre la península…

Por causa de este odioso acontecimiento

no le queda al Islam más que un poco de tierra,

ahora nuestra patria…

¡Cuántas veces han abolido

las leyes consuetudinarias del Profeta

y robado la joya de la confesión de un único Dios

de la cima de los almimbares!…

La Toledo de las tres culturas

Cristianos, judíos y musulmanes convivieron en Toledo en los siglos XIII y XIV, llegando a configurar un espacio cultural sin parangón. «La Toledo medieval era una ciudad pujante y muy poblada -unos treinta mil habitantes-, donde convivían tres formas de organización social, religiosa y económica muy dispares: la hebrea, la musulmana y la cristiana… Alfonso VII, primero, y Fernando III, después, intuyeron la capital importancia de una convivencia pacífica y, salvo ocasiones —como el enfrentamiento, en 1226, entre musulmanes y cristianos a causa de la construcción de la gran catedral gótica sobre la antigua mezquita—, las tres culturas fueron desarrollándose paralelamente en un régimen de armonía e igualdad de privilegios. Muy significativo resulta, en este sentido, el hecho de que Fernando III ordenara escribir su epitafio en lengua árabe, hebrea y castellana. Alfonso X siguió , a la muerte de su padre, la misma política. Es más, la potenció mediante el aglutinante que significó la obra de la Escuela de Traductores que, si bien existía desde 1124, conoció precisamente durante su reinado sus años de máximo esplendor… Por la escuela de Traductores de Toledo llegarían a pasar los más ilustres intelectuales árabes, judíos y cristianos del momento. Nombres como Gundisalvo, Juan de Sevilla, Álvaro de Oviedo, Marcos de Toledo o Pedro Gallego, trabajaron con el italiano Gerardo de Cremona, el escocés Scott, o el inglés Alejandro de Bath. Allí sería traducido el corpus aristotélico entero, así como tratados de Euclides, Tolomeo, Arquímedes, Hipócrates o Galeno, además de obras de autores como Isaac Israelí, Alfarabí, Algacel, Averroes y Avicena. Así mismo, se contribuiría a establecer las normas del habla castellana como lengua literaria».

Diversos factores, desde extravíos y accidentes hasta la destrucción sistemática de los inquisidores, hicieron desaparecer para siempre numerosas joyas de la ciencia, la literatura y la filosofía de la España árabe. Pero gracias a las traducciones al hebreo y al latín, algunas obras de científicos y pensadores musulmanes andalusíes como Abulcasis (936-1013), Azarquiel (1029-1087) y Averroes (1126-1198) pudieron llegar hasta nosotros.

Las traducciones hebreas juegan un papel muy importante para la conservación del texto de la obra de Averroes. Pese a que necesitan algunas correcciones, son bastante fieles y suplen con eficacia el texto árabe. La traducción más antigua de autor conocido es la de Calo Calonymos ben David ben Todros, escritor judío francés del siglo XIV.

La Murcia de al-Riquti

El historiador Ibn al-Jatib habla de la fundación en Murcia de una madrasa en que un maestro de máximo prestigio por su saber enciclopédico, Muhammad Ibn Ahmad Ibn Abu Bakr al-Riquti (el famoso Ricoti) enseñaba indistintamente a musulmanes, judíos y cristianos.

La misma fe, el mismo pensamiento

¿Fue acaso simple casualidad o una mera maquinación pragmatista el hecho de que un califa corbobés como Abderrahmán III tuviese en la figura del judío Hasday Ibn Shaprut a su mejor ministro y médico, y que otros judíos como Samuel Ibn Nagralla Ha-Nagid (993-1055) y su hijo José (m. en 1066) se convirtieran en los visires más poderosos de la taifa de los Ziríes de Granada? ¿Fue también pura coincidencia o resultado del azar el hecho de que viajeros judíos como Benjamín de Tudela o Jacobo de Ancona recorrieran casi todo el mundo musulmán durante los siglos XII y XIII sin salvoconductos y sin ningún tipo de trabas o cuestionamientos?

Los ejemplos, en realidad, abruman por su número y hablan a las claras de que judíos y musulmanes eran parte activa e integrada de una sociedad pluralista y mestiza basada en la creencia de que unos y otros eran hijos de Abraham, padre de Israel e Ismael, de quienes descienden hebreos y árabes.

Esto permite entender y explicar el mecenazgo de la taifa de Zaragoza, corte musulmana que alentó a poetas como Salomón Ibn Gabirol y moralistas como Bahya Ibn Paquda en el siglo XI. Y aunque todas no fueron flores, y los almohades forzaron a Maimónides a emigrar a Marruecos, también persiguieron al juez de jueces y médico-filósofo musulmán Averroes (1126-1198), a quien quemaron sus libros y confinaron en una ciudad judía, Lucena.

Maimónides fue un sabio judío arabófono, que se convirtió en médico personal y protegido del último califa fatimí al-‘Adid (m.1171) y del sultán Saladino (m. 1193), que reconquistó Jerusalén para el Islam en 1187; es conocida la influencia que tuvo el Rambam de filósofos musulmanes como al-Farabi, Avicena, al-Gazali, Avempace y su propio compatriota Averroes. Incluso las influencias del Sufismo sobre la Cábala son notorias: «El “pietismo” musulmán marcó, pues, con su sello, la mística, la espiritualidad y la ética del judaísmo en Tierra del Islam, dispuesto a recibir su impronta». No es ninguna casualidad que Moisés de León (1240-1290), que residió una buena parte de su vida en Guadalajara (del ár. Wãdi al-hiyãra: Río de las piedras), publicara el Séfer ha-zohar (Libro del Esplendor), obra considerada por los cabalistas como el auténtico libro sagrado de la Cábala.

Una reiteración y una reconfirmación: «La invasión árabe en el año 711 y el establecimiento de al-Ándalus fue una liberación para los judíos… Durante la época del Califato de Córdoba y los Reinos de Taifas, en los siglos X y XI, la cultura judía alcanzó sus cotas de máximo esplendor».

«Los árabes toleraban a los judíos como “gentes del Libro”, es decir, de la Biblia, y al servicio de los nuevos señores se convirtieron en eficaces auxiliares para el comercio y la administración. La época más gloriosa del judaísmo en tierras europeas de todos los tiempos comienza con el reinado de Abderramán III (912-961) y se prolongó hasta el siglo XII».

Pero la interacción judeomusulmana no se redujo a al-Ándalus sino que se extendió a todo el mundo islámico de entonces. Citemos los casos de de Saadya Gaón (882-942), sabio judío nacido en Egipto radicado en Bagdad, “el más ilustre y respetado de todos, tanto en el Oriente como en el Occidente musulmán”, y su contemporáneo al-Israili (855-955), el célebre oculista y filósofo judío nacido en Egipto que ejerció en la ciudad de Qairuán (Túnez). En el Oriente, Rashid al-Din (1247-1318), nacido en el seno de una familia de médicos judíos de Hamadán (Irán), fue ministro de los iljanes mongoles que reinaron en Irán durante la segunda mitad del siglo XIII y médico personal de uno de ellos, Ulyaitú Jodabandah, que gobernó entre 1304 y 1316. También promovió la construcción de hospitales e importantes edificios en Tabriz y Sultaniyya. Pero Rashid al-Din sobresalió sobre todo por su labor de historiador. Siguiendo las instrucciones de Mahmud Gazán (g. 1295-1304), el primer jan mongol que adoptó el Islam, escribió una monumental Yami at-tawarij (Historia universal). Su crónica parte desde Adán, aborda la historia de los profetas monoteístas —Abraham, Moisés, Jesús y Muhammad—, de los reyes persas y de las dinastías musulmanas —con sus correspondientes genealogías—, hasta la destrucción de Bagdad por los mongoles en 1258.

Dice con autoridad Claude Cahen: «Las funciones propiamente religiosas y militares estaban prohibidas a los no-musulmanes, y, por supuesto, el ejercicio del poder político, pero no lo estaban las funciones administrativas que en Siria y en Egipto eran desempeñadas en su casi totalidad por cristianos y judíos, y también en Iraq, aunque más parcialmente; aunque en número creciente, los Kuttãb [secretarios] musulmanes sólo se encuentran desempeñando todos los puestos, en ocasiones excepcionales; bajo algunas reservas veremos incluso visires judíos o cristianos. En cuanto a la vida cotidiana, es cierto que las gentes de una misma confesión tenían tendencia a agruparse y había oficios en que una u otra estaban especialmente representadas; sin embargo, no hubo, repitámoslo, ni monopolio ni ghetto. Debemos subrayar todo esto porque, al final de la Edad Media y al igual que en Europa, se producirá una degradación y porque acontecimientos más recientes han hecho que se acusase al Islam de una intolerancia congénita de la que la Europa cristiana se vería libre: debemos protestar contra estos falseamientos de la verdad, inocentes o no».

Asimismo, durante las dinastías de los mamelucos en Egipto y Siria (1250-1517), los judíos gozaron de un período de tranquilidad y bienestar que les permitió desarrollar un fructífero comercio que se extendió a los más remotos rincones del Océano Índico. Su preponderancia y dignidad están descriptas por el historiador al-Qalqashandi (56) y analizadas en un trabajo del especialista Bosworth.

Saladino y el comerciante judío

La obra de un ignoto compilador, probablemente florentino, de los últimos treinta años del siglo XIII, encierra un grupo distinto de cuentos provenientes de la corte de Federico II de Sicilia (1194-1250), el emperador alemán que, al igual que sus antecesores normandos reinantes en la isla, mantuvo una dinámica interacción con sabios y artistas judíos y musulmanes. El Novellino tiene un bello ejemplo de cómo se toleraban musulmanes y judíos y cómo aprendían unos de otros. El Novellino abunda en historias sobre Salahuddín al-Ayubí (1138-1193), más conocido como Saladino, el sultán de la tercera cruzada, «muy noble señor, valiente y liberal». Uno de los relatos trata de las tres religiones Saladino, necesitando dinero para continuar la lucha contra los invasores cruzados, llamó a un rico judío para confiscarle parte de su fortuna y destinarla para ese emprendimiento. Pero, el indulgente soberano musulmán quiso concederle una alternativa al comerciante y le propuso un acertijo. Le preguntó cuál era la mejor fe; si el judío contestaba: la judía, era menospreciar la fe del sultán; si decía: la musulmana, era una apostasía; en uno y otro sentido, un pretexto de confiscación.

Pero el judío tenía reservado una historia edificante: «Excelencia, había un padre que tenía tres hijos y un anillo adornado con una piedra preciosa, la mejor del mundo. Los tres hijos rogaban al padre que les dejara la sortija al morir, y el padre para contentar a todos, llamó a un buen orfebre y le dijo: “Señor, hacedme dos anillos semejantes a éste y colocadle a cada uno una piedra parecida a ésta”. El maestro hizo los anillos tan parecidos que nadie fuera del padre, podía distinguir el verdadero. Llamó aparte a cada uno de sus hijos, y le dijo el secreto a cada uno, y, cada uno, creyó recibir el verdadero anillo, que sólo el padre conocía bien. Es la historia de las tres religiones, excelencia. El Padre que las ha dado sabe cuál es la mejor, y cada uno de sus hijos, es decir nosotros, creemos que tenemos la buena». El sultán quedó maravillado, y dejó que el judío se marchara sin pedirle nada.

Los orígenes del antisemitismo

Judíos y musulmanes pagarían un alto precio por esta afinidad. La tesis de los profesores Allan Harris Cutler y Helen Elmquist Cutler de la Universidad de Miami, desarrollada en su obra erudita, demuestra fehacientemente que la unidad política, económica, cultural y religiosa de los judíos y musulmanes en al-Ándalus (711-1492), durante las Cruzadas (1099-1291) y a lo largo de la historia del Imperio otomano (1299-1909), hizo nacer las fobias antisemitas entre los europeos. «El judío como aliado del musulmán» era algo inconcebible para la paranoia que asolaba la Europa altomedieval. Los cruzados veían a los judíos muy parecidos a los musulmanes en costumbres y creencias: el culto a un solo Dios en lugares desprovistos de símbolos e imágenes, la práctica de la circuncisión, la no ingestión de carne de cerdo, su preocupación por la higiene, etc. Las matanzas de judíos por los cruzados en Worms, Mainz y Colonia durante 1096 constituyeron los primeros antecedentes de una enfermedad incurable aparecida en Europa: el antisemitismo.

No es ninguna casualidad que esos mismos cruzados franconormandos produjeran un verdadero holocausto, un Hiroshima del siglo XI en Jerusalén, cuando asesinaron a por lo menos cincuenta mil musulmanes y dos mil judíos entre el 15 y el 22 de julio de 1099 (aunque las cifras pueden haber superado los setenta mil muertos).

Los historiadores musulmanes al-Qalanisi (1070-1160) e Ibn al-Atir (1160-1233) afirman categóricamente: «A la población de la Ciudad Santa la pasaron a cuchillo, y los frany (francos) estuvieron matando musulmanes durante una semana. En la mezquita al-Aqsa mataron a más de setenta mil personas… Mataron mucha gente. A los judíos los reunieron en su sinagoga y allí los quemaron vivos los frany. Destruyeron también los monumentos de los santos y la tumba de Abraham —¡la paz sea con él!».

Robert Payne añade que «La carnicería de Jerusalén se llevó a cabo de forma deliberada; era el resultado de una política de antemano. Jerusalén debía convertirse en una ciudad cristiana. Los judíos también debían ser aniquilados. Todos los miembros de esta comunidad habían acudido a la sinagoga principal, en donde esperaban encontrar refugio y protección.. Los cruzados, ávidos de soluciones fáciles, quemaron la sinagoga con los judíos dentro».

El prestigioso medievalista Steven Runciman enjuicia severamente la acción de los cruzados: «Los judíos de Jerusalén huyeron en masa a su sinagoga principal. Pero se consideraba que habían prestado ayuda a los musulmanes y no hubo ninguna indulgencia para con ellos. El edificio fue incendiado y todos murieron quemados dentro de él. La matanza de Jerusalén causó profunda impresión en todo el mundo. Nadie puede decir cuántas víctimas hubo; pero Jerusalén quedó vacía de habitantes musulmanes y judíos».

Karen Armstrong da un cuadro aún más patético y apocalíptico: «Limpiaron a los musulmanes y los judíos de la Ciudad Santa como alimañas. Prácticamente no quedó ni uno vivo… Jerusalén estaba prácticamente desolada. Hasta hacía poco habían vivido en ella más de 100.000 personas, pero tras la conquista de los cruzados la ciudad, vacía y fantasmal albergaba sólo a unos pocos centenares».

De Granada a Estambul

La historiografía, además de explicar cómo con el auge de Islam mejora notablemente la condición material y espiritual de los judíos de todas partes, también indica cómo empeora la misma en la medida que esa hegemonía declina. Un hecho puntual lo explica mejor: cuando cae Granada en 1492, el último baluarte musulmán en España, los judíos son expulsados inmediatamente del reino de los reyes católicos y sus propiedades son confiscadas. Muchos de ellos encontrarán seguro refugio una vez más entre los musulmanes, esta vez otomanos.

Desde entonces, médicos judíos aportarán conocimiento y experiencias a la Sublime Puerta, como es el caso de Manuel Brudo, llamado a veces Brudus Lusitanus (Brudo el Lusitano), un criptojudío portugués que escapó de Portugal en 1530 y que al llegar a Estambul pudo practicar el judaísmo con entera libertad. Moshé Hamón y Musa Yalinus al-Israili (Moisés, el Galeno judío) fueron dos eminentes médicos judíos que se destacaron en la época del sultán Soleimán el Magnífico.

En el siglo XVI numerosos judíos, bajo la protección otomana, llegaron a Jerusalén. «En 1535 David dei Rossi, un judío italiano, observó que los judíos ocupaban puestos incluso en el gobierno, algo que resultaría inconcebible en Europa: “Aquí no estamos en el exilio, como en nuestro país. Aquí… los guardianes de las aduanas y los peajes son judíos. No hay impuestos especiales para los judíos”. Los tribunales protegían a los judíos y aceptaban su testimonio; las autoridades otomanas alentaban y, al mismo tiempo, protegían la autonomía de la comunidad judía».

Yosef Nasí (1520-1579), un judío portugués bautizado a la fuerza como João Miguez, se instaló en Estambul a partir de 1554 donde pudo practicar libremente su creencia. Sus dotes de financista y estadista le permitieron ganar el favor del sultán Solimán el Magnífico. En 1566, su hijo y sucesor, Selim II le otorgó el título de Duque de Naxos por sus por sus importantes servicios al Imperio Otomano. En 1571, Yosef Nasí promovió el ataque otomano contra las posesiones venecianas en la isla de Chipre. «Con Pablo IV, los judíos de Ancona, importante puerto cuyo activo comercio estaba mayoritariamente controlado por cristianos nuevos portugueses y otros expulsados de Nápoles, vieron abolidos sus antiguos privilegios siendo cruelmente perseguidos; la intervención del sultán Soleimán II, a instancias de Yosef Nasí, exigiendo del papa la liberación de aquellos que eran súbditos turcos, salvó a algunos de la hoguera. Finalmente en 1569 Pío V expulsó a los judíos de los Estados Pontificios italianos, permitiéndoseles la residencia solamente en Roma y Ancona. Los expulsados buscaron refugio en Ferrara, Mantua, Milán y Toscana, y un buen número emigró al Imperio otomano».

El derrumbe lento y progresivo de la administración de los otomanos traería aparejado un cúmulo de desgracias para los judíos: «Lamentablemente, con la decadencia económica y política del imperio a partir del siglo XVII, la libertad y la prosperidad de los judíos (como las de otras colectividades) se redujeron».

El escritor y sociólogo libanés de origen cristiano Amin Maalouf nos plantea algunos interrogantes que debemos tener en cuenta a la hora de hacer el balance final sobre la historia de las relaciones de las tres culturas: «Si mis antepasados hubieran sido musulmanes en un país conquistado por las armas cristianas, en vez de cristianos en un país conquistado por las armas musulmanas, creo que no habrían podido vivir catorce siglos seguidos en sus pueblos y ciudades conservando su fe. ¿Qué fue de los musulmanes de España? ¿Y de los de Sicilia? Desaparecidos, desde el primero hasta el último, eliminados, forzados al exilio o bautizados contra su voluntad. Hay en la historia del Islam, desde sus primeros tiempos, una notable capacidad de coexistir con el otro. A finales del siglo pasado, Estambul, la capital de la primera potencia musulmana, aglutinaba en su población una mayoría de no musulmanes, sobre todo griegos, armenios y judíos. ¿Podemos imaginarnos que en esa misma época más de la mitad de los habitantes de París, Londres, Viena o Berlín no fueran cristianos, que fueran musulmanes o judíos?».

La cooperación interconfesional

Una vez más Claude Cahen aporta detalles reveladores de la profunda interacción de las tres religiones monoteístas durante la Edad de Oro del Islam: «Otra característica es la interconfesionalidad del comercio. Es posible encontrar participando en él a musulmanes, cristianos, judíos, zoroastrianos, budistas en Asia Central y maniqueos mientras los hubo. Y no sólo que haya habido mercaderes de todas esas religiones, sino que no estaban separados, que viajaban juntos y hacían operaciones en común.

Una historia, verdadera o falsa pero sintomática, muestra, por ejemplo, a mercaderes musulmanes en agitación tratando de ayudar a un mercader judío injustamente tratado… Se ha dedicado mucha atención, en base a un capítulo del funcionario y geógrafo de raíz persa Ibn Jordãdbeh (a mediados del siglo IX), a un grupo de mercaderes judíos con cuya historia mezcla la de mercaderes “rusos” (es decir, normandos) que venían de Bagdad, y a los que denomina, con un apelativo que ha dado origen a muchas hipótesis fantásticas pero que significa simplemente en persa “viandantes”, rahdãniya. Según aquél, estos judíos que partían de la Europa occidental cristiana o musulmana atravesaban el mundo musulmán siguiendo cuatro itinerarios, a elección, que los conducía hasta China; eran capaces de hacerse entender, al menos como asociación, en todas las lenguas necesarias en su recorrido».

Hermanos de leche

Está ampliamente probado que, entre fines del siglo VIII y principios del siglo XX, los musulmanes y judíos que vivían en Palestina tuvieron excelentes y fructíferas relaciones: «Desde tiempo inmemorial existía en Jerusalén una costumbre emocionante. Los niños judíos y musulmanes nacidos en el mismo barrio y en la misma semana eran tratados por sus familias como hermanos de leche: el niño judío era amantado por la madre musulmana y el niño musulmán por la madre judía. Esta costumbre establecía relaciones íntimas y duraderas entre las dos familias y las dos poblaciones».

Arabistas e islamólogos judíos

Un fenómeno poco conocido, pero no por eso menos trascendente, es la aparición de una pléyade de especialistas de origen judío en temas árabes e islámicos en el siglo XIX. Uno de los primeros fue Albert de Biberstein-Kasimirski, de origen polaco, que tradujo el Corán al francés y elaboró un completísimo diccionario árabe-francés. Por esa misma época, el alemán Salomon Munk (1800-1967) publicó un trabajo erudito destacando las coincidencias de las filosofías árabe y judía. Del mismo modo, cabe mencionar sucintamente otros precursores, como los alemanes Moritz Steinschneider, Abraham Geiger y Joseph Schacht, los húngaros Ignaz Goldziher y Shlomó Dov Goitein, los británicos David Samuel Margoliuth, Walter J. Fischel y Bernard Lewis, los franceses Evariste Lévi-Provençal, Claude Cahen, Henri Pèrés y Maxime Rodinson, y contemporáneos como el ruso Oleg Grabar, los franceses Rachel Arié y Gilles Veinstein, los británicos Erwin Rosenthal, Samuel Stern, Noel J. Coulson, R. Levy y David Abulafia, los norteamericanos David Wasserstein, Mark R. Cohen, Norman Stillman, Jonathan M. Bloom y Sheila S. Blair, y los israelíes David Ayalon, Meron Benvenisti, Moshé Perlman, R. Shinar, S.M. Stern, Emmanuel Sivan, Eleazar Birnbaum, Michael Avi-Yonah, Boaz Shoshan, Ron Barkai, Y. Frenkel, Maya Shatzmiller, Moshé Gil, Beniamín Z. Kedar, Myriam Rosen-Ayalon, Joseph Drory, Amikam Elad, Yaacov Lev y Nehemiah Levtzion. Todos estos nombres honran la islamología y brillan por su erudición y singularidad sobre las más diversas civilizaciones musulmanas: omeya, abbasí, andalusí, fatimí, mameluca, safaví, otomana.

Hace 14 siglos, el Profeta del Islam, Muhammad, proclamó que «Todos los hombres y mujeres son iguales como los dientes del peine del tejedor, no hay superioridad del blanco sobre el negro ni del árabe sobre el no árabe». Consecuente con este pensamiento, al-Zubaidi (m. 989), preceptor del califa cordobés al-Hákam II al-Mustansir y amigo del sabio Hasdai Ibn Shaprut, afirmaría que: «Todas las tierras, en su diversidad, son una. Y los hombres todos son vecinos y hermanos».

Judíos y musulmanes debemos reconstruir juntos el espíritu de al-Ándalus, de Sefarad, aquí, allá y en todas partes. Para nosotros, judíos y musulmanes, que somos B’nai Abraham Avinu (Hijos de Nuestro Padre Abraham), y que proclamamos la Unicidad de Dios, en árabe La Ilaha Illal-Lah (No hay Dios sino Dios) y en hebreo Adonai Elohenu Adonai Ejad (el Señor, nuestro Dios, el Señor es Uno), ésta es nuestra misión y nuestro único reaseguro para alcanzar una paz real, justa, fraternal y duradera: Salam, Shalom.

La fuente: el autor es codirector del Instituto Argentino de Cultura Islámica, profesor del Centro Islámico de la República Argentina, profesor invitado del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile, de la Muhyiddin Ibn ‘Arabi Society de Oxford (Inglaterra) y de la Universidad Fatih de Estambul.



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