LOS OASIS DEL ALBAICÍN

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LOS OASIS DEL ALBAICÍN

Mensaje  Hakim el Miér 02 Sep 2009, 17:11






Los cármenes del barrio histórico se debaten entre una costosa conservación y la dejadez de algunos propietarios



Correr de aguas, aromas en el viento, colores floridos . La Alhambra: al fondo. “Un carmen es un conjunto de percepciones”, confiesa Antonio, que trabaja como camarero en el restaurante del carmen Aben Humeya. Él lo sabe, pues a pesar del trabajo siempre encuentra momentos para disfrutar de sus múltiples rincones. “Ahora hemos plantado tomates”, cuenta orgullosa Ana, su mujer, que trabaja en la cocina.
´Carmen´ (de la palabra árabe ‘karm’) puede traducirse como ´casa con huerto´. Original de la época andalusí-musulmana, se convirtió en un importante tipo de construcción en la ciudad tras la toma de Granada (s.XV) y se caracteriza, precisamente, por sus huertos y jardines. En ellos, repartidos entre los rincones más impensables de su trazado, naranjos, ciruelos, arrayanes, laureles y rosales impregnan el ambiente estival con su perfume, con el agua de las fuentes siempre de fondo.

Sin embargo, tener un carmen hoy en día conlleva muchos sacrificios. “Son muy caros y difíciles de mantener”, explica Ana. “Hay que hacer un gran esfuerzo para conservar estos espacios granadinos”, añade. Mientras tanto, y a pesar de estar protegidos, otros cármenes caen en ruinas por falta de atención. “Tiene que haber una solución”, insiste ella.

“Desde los años 60 hasta que se empezaron a proteger estas construcciones hubo muchas pérdidas”, recuerda un vecino del Albaicín. A continuación cita un ejemplo, el de la Casa de los Mascarones, donde vivió el poeta Pedro Soto de Rojas. El jardín, que ya no forma parte de la casa, fue reconvertido antes de la puesta en marcha del Plan Especial de Protección y Reforma Interior (1991) en un aparcamiento privado. Otro ejemplo es el de la Casa de Porras, cuyo huerto es hoy día un espacio enlosado.

Estos no son casos aislados. Las dificultades para reformar y mantener las construcciones, unidas a determinadas actuaciones humanas, han provocado importantes pérdidas durante las últimas décadas. La vegetación se pierde, las casas se deterioran y la hiedra lo inunda todo. “El problema no solamente está en que estén o no protegidos. Hay gente que no los toca y acaban perdiéndose”, comentan Ana y Antonio.

Frente a esto, Carlos Ballesta, hermano de Ana y actual dueño del carmen Aben Humeya, recurrió al restaurante como una forma de costear los gastos. “Es una manera bastante respetuosa y ayuda a que puedas seguir manteniéndolo”, explica su hermana. “Además ofrece a todos la posibilidad de disfrutar de él”, añade uno de los vecinos.

No son los únicos, muchos propietarios optan por este tipo de alternativas para pagar las facturas de agua, rehabilitar las casas o mantener los jardines en buen estado.

Sin embargo, la historia de este restaurante se remonta a 1970. Cuando Alfonso de Borbón compró las escrituras de la casa que había pertenecido al noble morisco Aben Humeya, los jardines y la casa inferior y montó una cafetería. “Creo que fue la primera tetería de Granada”, tercia uno de los presentes. “Había café y té. En la época era algo público que siempre estaba ocupado por gente relacionada con el mundo del arte. Se celebraban muchas tertulias y conciertos”, rememora.

Durante esos años, Alfonso comenzó las reformas de la casa superior (en la que residió Aben Humeya) y del jardín, que ya se encontraban en estado de abandono, y dotó al conjunto de la estructura actual. Pero al poco tiempo tuvo que vender. Los compradores: una familia que vivía en Cataluña y nunca habitó en el carmen. “A raíz de ahí se inició el deterioro de la casa”, comenta Ana.

El negocio continuó 5 meses al año a manos del señor Ferrer, convirtiéndose en una terraza de verano con música “donde los jóvenes iban a tomarse unas copas y a bailar”. Por su huerto, convertido en pista de baile, pasaron artistas como Antonio Gala o Rafael García Bonillo. Según recuerdan los vecinos, “en los ochenta se hizo realmente famoso” y fue a partir de los 90 cuando el abandono del jardín y la falta de inversión aceleró el declive del negocio.

Cuando en 1996 Carlos Ballesta compra el carmen, éste se encontraba casi en estado de ruina. “No sólo del jardín, sino también de las dos casas”, explica Ana. Se limpiaron los huertos, se consolidaron los muros y se pidieron los permisos para la rehabilitación de las casas. “En total tardamos 6 o 7 años en terminar. Mi hermano invirtió mucho tiempo y dinero”, confiesa.

El esfuerzo ha merecido la pena. En los jardines vuelven a crecer los naranjos, las parras y los rosales. Las casas, rehabilitadas, esconden alcobas acogedoras con vistas de ensueño hacia la Alhambra y el Generalife. Los rincones, escondidos a la vista de cualquiera, conservan el concepto árabe de belleza que, como explica Antonio, es “siempre hacia dentro”. Y cada uno de los escondites tiene su propia personalidad. “Y se conserva toda la distribución”, añade Ana.

El carmen Aben Humeya ofrece, sin duda, todo lo que Antonio describe: “un conjunto de percepciones”, una puesta en marcha de “los sentidos del olfato, la vista y la audición” a los que, además, se puede añadir el gusto de saborear un buen plato.

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