ITIMAD la Romayquía

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ITIMAD la Romayquía

Mensaje  Hakim el Sáb 29 Ago 2009, 18:48





Caminaban los hombres, descuidados y pensativos, -escribe Hagerty- por la orilla del Guadalquivir a la vista de extensos olivares cerca del campo de la Plata. Les agradó aquél sitio porque podían mirar a las jóvenes lavando la ropa en el río, pues era uno de los lugares acostumbrados para aquellas tareas. Estaban encantados con la vida y con su propia conversación, empapada de graciosos donaires poéticos que uno empezaba para que el otro terminara. Al sentir un repentino soplo de aire uno de ellos, el más bajo, versificó:
“El viento tejiendo loringas en las aguas”.

Se volvió a su compañero esperando que lo completara. Mas por primera vez esa mañana el más alto vaciló unos instantes en rematar el verso con alguna genialidad. Los dos fueron sorprendidos por una dulce voz femenina que pronunció las siguientes palabras sin que vieran quién las decía:
¡Que coraza si se helaran!
Acabando así perfectamente el hemistiquio. Al verla, reconocieron en ella una muchacha de extraordinaria belleza, sobre todo, por sus hipnóticos ojos lánguidos, se maravillaron sobremanera. Descubrieron que se llamaba Rumaykiya, la esclava del arriero Rum. Más tarde en su casa, Rumaykiya recibe una invitación para acudir a palacio del príncipe heredero, Muhammad Ibn ‘Abbad, recién llegado de Silves donde gobernaba en nombre de su padre. En la casa real, entre fuentes y jardines, Mohammad reveló a la joven su propósito de casarse con ella. Rumaykiya adoptó el nombre de ‘Itimad aunque después no la llamarían más que al-Sayyidat-al-Kubra, la Gran Señora.

De candorosa conversación, gozaba de salidas felices, réplicas vivas e ingeniosas, gracia natural, jovialidad y travesuras infantiles. Sus caprichos y ocurrencias llegaron a ser noticias que motivan diversos comentarios y las críticas de los fakies. Se recuerdan como anécdotas simpáticas, que en cierta ocasión quiso Rumaykiya contemplar la nieve, y, al-Mu’tamid, llenó de almendros las laderas de la sierra de Córdoba, para que la esperada poesía de sus blancas flores, impregnara de tranquila lujuria todos los poros de su sensualidad.

En otro momento, y cuando ‘Itimad llevaba varios años como favorita de al-Mu’tamid, que la amaba con ardiente pasión, cuentan que se asomó un día por la ventana del palacio y vió a algunas mujeres pisando barro para preparar ladrillos. Esto le recordó sus días de mozuela cuando solía hacer lo mismo y se quebró en sollozos nostálgicos. Pidió a su marido, con gran demostración de enfado, que quería hacer lo mismo. Al-Mu’tamid mandó traer grandes cantidades de almizcle y ámbar. Luego dio orden que se mezclara todo con agua de rosas, azúcar y canela en el patio. En este “barro” Itimad pisó alegremente en compañía de sus amigas e hijitas.

Con este comportamiento al-Mu’tamid no hizo más que lo que hubieran hecho casi cualquiera de aquellos andalusíes de haber tenido riquezas y poder. Señala Hagerty que de esa manera “encarnó el sentimiento del reino entero con su deliciosa largueza e imaginación”. No obstante, los fakies culpaban a ‘Itimad de haber arrastrado al emir sevillano a los placeres y voluptuosidad más lujuriosos; e incluso en su fanatismo, culpaban también a nuestra poetisa de la falta de asistencia los viernes a las mezquitas así como del desmesurado gusto de los andalusíes por el vino. Ella no echaba cuenta de aquellos jueces que tanto habían de influir en la ruina de los ‘abbadies y de al-Andalus, y al-Mu’tamid no se preocupaba tampoco sino de tenerla siempre contenta:

I – Invisible a mis ojos, siempre estás presente
en mi corazón.
T – Tu felicidad sea infinita, como mis
cuidados, mis lágrimas y mis insomnios.
I – Impaciente al yugo, si otras mujeres tratan
de imponérmelo, me someto con docilidad a tus deseos más insignificantes.
M – Mi anhelo, en cada momento, es tenerte a mi
Lado: ¡Ojalá pueda conseguirlo pronto!.
A – Amiga de mi corazón, piensa en mí y no
me olvides aunque mi ausencia se larga.
D – Dulce es tu nombre. Acabo de escribirle, acabo
de trazar estas amadas letras: ITIMAD.
(al-Mu’tamid)

Los almorávides apoyados por los fakies fueron apoderándose de los emiratos andalusíes. La ciudad de Sevilla fue ocupada en el año 1091, con gran resistencia por parte del emir y sus hijos. Prisionero al-Mu’tamid con su familia, fue trasladado a Tánger. El pueblo de Sevilla le daba el último adiós en la siguiente escena descrita por Ibn Labbama:

Vencidos tras valiente resistencia, los príncipes fueron empujados hacia el navío. La multitud se agolpa a las orillas del río; las mujeres se habían quitado el velo y se arañaban el rostro en señal de dolor. En el momento de la despedida ¡cuántos gritos!, ¡oh extranjero! Recoge tus bagajes, acopia tus provisiones, porque la mansión de la generosidad está ahora desierta …




En aquella existencia africana triste y dolorosa, Itimad al-Rumaykiya y sus hijas se ganaban la subsistencia hilando, y sólo conocieron algún consuelo con las visitas de poetas amigos agradecidos de al-Andalus, tras la invasión del país por los bárbaros contrarreformadores del desierto norteafricano.

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