LA HISTORIA DE UNA TRAGEDIA

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LA HISTORIA DE UNA TRAGEDIA

Mensaje  Hakim el Mar 11 Ago 2009, 19:28



Moriscas. Mojacar 1963



LA HISTORIA DE UNA TRAGEDIA LLAMADA DESTIERRO: 400 AÑOS DE LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS DEL REINO DE ESPAÑA (1609-2009).



Recientemente he terminado de leer una novela histórica del escritor paquistaní Tariq Alí titulada “A la sombra del granado” que me ha llamado especialmente la atención, por su narrativa apasionante y estremecedora, en la que se desgrana la historia de los musulmanes granadinos a través de los avatares de una familia morisca, que tras la conquista de su Reino en 1492 intentaron continuar conviviendo con sus conquistadores hasta que éstos terminaron de imponer su ley, primeramente con cierta sutileza y miramientos y finalmente utilizando todos los medios y recursos de los que disponían hasta lograr sus objetivos.
Hecha esta pequeña introducción voy a tratar de contar la historia de esta tragedia, que tantos ríos de tinta ha provocado a lo largo de los siglos y que comenzó con ríos de lágrimas y sangre.

Me gustaría comenzar esta crónica con la reproducción de un romance del siglo XVI titulado “¡Ay de mi Alhama!”, escrito por un poeta anónimo que quiso rendir homenaje al pueblo de Alhama, que fue tomado por las tropas cristianas en 1482, comenzando así el declive paulatino de la hegemonía musulmana que culminaría con la Toma de Granada 10 años más tarde:

“Paseábase el rey moro por la ciudad de Granada, desde la puerta de Elvira hasta la de Bibrrambla. ¡Ay de mi Alhama! Cartas le fueron venidas que Alhama era ganada; las cartas hechó en el fuego y al mensajero matara. ¡Ay de mi Alhama! Descabalga de una mula y en un caballo cabalga, por el Zacatín arriba subido se había al Alhambra. ¡Ay de mi Alhama! Como en el Alhambra estuvo, al mismo punto mandaba que se toquen sus trompetas, sus añafiles de plata. ¡Ay de mi Alhama! Y que las cajas de guerra apriesa toquen alarma, porque lo oigan sus moros, los de la vega y Granada. ¡Ay de mi Alhama! Los moros que el son oyeron que al sangriento Marte llama, uno a uno y dos a dos juntándose ha gran batalla. ¡Ay de mi Alhama!

Allí habló un moro viejo, de esta manera hablara: ¿Para qué nos llamas, rey, para qué es esta llamada? ¡Ay de mi Alhama! Habéis de saber, amigos, una nueva desdichada; que cristianos de braveza ya nos han ganado Alhama. ¡Ay de mi Alhama! Allí habló un alfaquí de barba crecida y cana: ¡Bien se te emplea, buen rey; buen rey, bien se te empleara! ¡Ay de mi Alhama! Mataste los Bencerrajes, que eran la flor de Granada; cogiste los tornadizos de Córdoba la nombrada. ¡Ay de mi Alhama! Por eso mereces, rey, una pena muy doblada, que te pierdas tú y el reino, y aquí se pierda Granada. ¡Ay de mi Alhama!”.

La denominación de “morisco” fue utilizada por los llamadas cristianos viejos (los conquistadores de Al-Andalus) en sentido peyorativo para referirse a los musulmanes que se habían convertido al cristianismo (prácticamente en su totalidad forzados a ello si querían continuar conservando sus propiedades y pertenencias, renunciando por tanto a sus tradiciones, lengua y religión) y que fueron también llamados cristianos nuevos.

Desde un punto de vista ético, la expulsión de los moriscos fue un acto de barbarie y de intolerancia religiosa, social y política. Más de 300.000 personas (se habla de 350.000) fueron deportadas a Africa por orden del Rey Felipe III en Real Decreto de fecha 22 de septiembre de 1609 por el solo hecho de ser diferentes, ya que se les impuso por la fuerza adoptar las costumbres, lengua y religión cristianas a unas gentes que no conocían otra tierra, lengua, tradiciones, creencias religiosas, etc. que las que habían heredado de sus antepasados desde ocho siglos atrás.

El 23 de septiembre de 1609 se proclamó en Valencia la “pragmática de expulsión” (las pragmáticas eran leyes promulgadas por las autoridades competentes, que se diferenciaban de los Reales Decretos en las fórmulas de su publicación) proveniente del Real Decreto por el que el monarca tachaba de herejes, apóstatas y traidores a los moriscos y en particular se les acusaba de conspirar con los otomanos para urdir un plan de invasión del Reino de España, circunstancia que nunca llegó a probarse. En el edicto de expulsión se les instaba a abandonar el Reino en un plazo de tres días bajo pena de muerte. En este brevísimo espacio de tiempo, los moriscos y sus familias debían dirigirse a los puertos de mar que les indicaran los comisarios que tenían asignados. Debían abandonar sus hogares y dejarlos a disposición de las autoridades (quienes confiscaron todas sus propiedades) y no se les permitió llevar consigo más pertenencias que las que pudieran transportar por sí mismos. Pasados los tres días, se autorizaba a cualquier cristiano viejo a apropiarse de los bienes que portara cualquier morisco que fuera detectado, a detenerlo y darle muerte si oponía resistencia. Es presumible el estupor que tuvo que suponer para los moriscos el conocimiento de este terrible edicto; no olvidemos que se les obligaba de forma súbita a abandonar la tierra donde habían nacido ellos y sus antepasados.

Para que esta deportación masiva culminase, primero tenían que llegar a puerto los moriscos que procedían de todos los territorios del Reino, y es en esta empresa en la que los infelices corrían sus mayores riesgos, ya que, atraídos por la codicia y llevados por el odio y la envidia, los cristianos viejos formaban cuadrillas por los caminos para asaltar a cuantas caravanas de moriscos transitaban con destino a los puertos de mar, con el fin de apoderarse de sus bienes y darles muerte cruel a todos ellos. Muchas familias moriscas pudientes, pensando que de esta manera realizarían la travesía más segura, fletaron sus propios navíos encontrando la muerte a manos de los patrones de sus buques, quienes una vez en mar abierta los asesinaban y arrojaban los cadáveres por la borda para apoderarse de sus riquezas.

Desde que el 28 de noviembre de 1491 fueron firmadas las “Capitulaciones” de Santa Fe (documento que comprometía a los Reyes Católicos a respetar y garantizar los usos, costumbres y religión de los musulmanes granadinos) por Dª Isabel I de Castilla y D. Fernando V de Aragón con el Rey nazarí de Granada, Muhammad XII (conocido como Boabdil), seguro que ya se urdía en las mentes de los Reyes Católicos que algún día dejarían de tener vigencia, comenzando así el declive paulatino de la cultura musulmana en España hasta el desenlaze final del año 1609.

En 1499 se inicia un cambio de política religiosa en Granada, forzando a realizar conversiones masivas de los musulmanes granadinos por el Cardenal Cisneros, quien ese mismo año ordena la quema de miles de libros de ciencia, religión, arte, etc. escritos en árabe en una emblemática plaza de la ciudad de Granada, llamada Bibrrambla. Al año siguiente se produce una rebelión en el Albaycín contra la política iniciciada por Cisneros, que es aplastada y por consiguiente los rebeldes son sometidos y obligados a acatar dicha política.

En 1501 se publica una “pragmática” ordenando la conversión forzosa de los musulmanes granadinos y el 20 de julio de ese mismo año se prohíbe a los moriscos castellanos que puedan trasladarse al antigüo Reino de Granada.

El 14 de febrero de 1502 se proclama una “pragmática” por la que se ofrecía a los musulmanes castellanos la alternativa de ser bautizados o exiliados en su defecto. A los tres días de ese edicto, se produce la prohibición de que abandonen el Reino (contradiciendo la anterior amenaza de exilio), forzándoles a convertirse sin otra elección o en caso contrario serían declarados herejes y sus bienes y hasta sus propias vidas podrían ser arrebatados.

En 1525, el Emperador Carlos V oferta a los musulmanes de Valencia la alternativa de la conversión o el exilio y les promete que en caso de aceptar el bautismo, quedarían fuera de la influencia de la Inquisición durante 40 años. Al año siguiente se produce la rebelión de los moriscos valencianos al mando de Selim Almanzor, rebelión que es aplastada y son masacrados una cuarta parte de los 4000 combatientes que componían el ejército de Almanzor. A los tres años de aquella revuelta se publica el “Decreto de Valencia” por el que se prohíbe el uso de la lengua árabe, la vestimenta y las costumbres propias de la cultura morisca.

En 1554 el sínodo de Guadix promueve una serie de medidas de represión para la eliminación de cualquier signo cultural o tradicional que distinga a los moriscos de los cristianos viejos: como la prohibición de expresarse (oralmente o por escrito) en lengua árabe o practicar las costumbres arraigadas en la cultura morisca (nombres de personas, vestimenta, fiestas populares y religiosas, baños públicos, etc.). También se recogía en el referido sínodo que los hijos de moriscos notables serían trasladados a Castilla y educados allí, fuera del alcance de su ámbito familiar.

En 1567 se publica la “pragmática” por la que se prohibía definitivamente los usos, costumbres y prácticas relacionadas con el mundo musulmán. Esta circunstancia provocaría, por ejemplo, que al ser ilegales los contratos y documentos públicos redactados en árabe, multitud de propiedades quedarían sin dueño “legal” y por tanto las mismas pasarían a manos de nuevos propietarios cristianos, fundamentalmente por los corruptos funcionarios judiciales que llevaban los casos de expropiación que provocaban estas circunstancias, que para conseguir estos fines ejercían el tráfico de influencias y la prevaricación.

Entre los años 1568 a 1570 se produce la rebelión de Las Alpujarras, que lideró Hernando de Válor, conocido como Abén Humeya. Este levantamiento fue provocado, entre otras razones, por la presión económica y fiscal ejercida sobre los llamados cristianos nuevos (moriscos). Finalmente la rebelión fue aplastada y los rebeldes que sobrevivieron fueron deportados a Castilla por motivos de seguridad para evitar en el futuro nuevas revueltas.

Los escasos moriscos granadinos de élite que aún quedaban intentan a la desesperada hacia el año 1588 conciliar el cristianismo con la religión mahometana, procediendo para ello a la falsificación de hallazgos arqueológicos encontrados en las catacumbas de “El Sacromonte”, con la que pretendían demostrar que San Cecilio (primer arzobispo y patrón de Granada) fue un musulmán convertido al cristianismo. A estos documentos se les conoce como “plomos del Sacromonte” o “libros plúmbeos”. Fueron declarados falsos en 1680 y trasladados al Vaticano, de donde fueron devueltos muy recientemente (en el año 2000).

En el año 1596 surge una crisis económica sin precedentes en el Reino y se declara la quiebra nacional. Como consecuencia de esta grave circunstancia, los responsables públicos del Tesoro comienzan a fundir moneda con aleaciones de mala calidad; los moriscos son acusados de falsificar moneda para adulterar el mercado y se les culpa de haber provocado esta crisis.

El 30 de enero de 1608, el Duque de Lerma, de gran influencia por parentesco con la alta nobleza valenciana, convence a los consejeros reales para hacerles ver que es necesario llevar a cabo una expulsión masiva de los moriscos de todo el Reino.

El día 9 de abril del año 1609, el Consejo Real toma la decisión de expulsar masivamente a todos los moriscos del Reino de España, aunque dicha decisión no sale a la luz pública de momento, con el objeto de preparar una flota para trasladar en navíos a los moriscos con destino a las costas de África. El 22 de septiembre de aquel año, se hace público el pregón del bando de expulsión por el Marqués de Caracena y Virrey de Valencia para comenzar expulsando del Reino a los moriscos de Valencia y días más tarde, el 3 de octubre, el propio Marqués visita personalmente el puerto de Grao para inspeccionar los preparativos de la salida de los moriscos valencianos de Alcácer y Picasent. El día 20 de octubre se produce una rebelión de los moriscos en protesta por el trato que éstos reciben a su llegada a tierras africanas. Los rebeldes son masacrados en las sierras del Alaguar y Muela de Cortés.

El 18 de enero de 1610 se hace público un pregón en Sevilla por el Marqués de San Germán en el que se proclama la expulsión de los moriscos andaluces y murcianos. Seis días más tarde comienza la expulsión en Castilla y el 17 de abril del mismo año se inicia la expulsión en Cataluña. Posteriormente, el 29 de mayo, también se inicia la expulsión en Aragón y el 10 de julio comienza la de Extremadura y La Mancha.

La gran mayoría de los moriscos se resignaron a su suerte, no sin causar compasión en algunos de sus vecinos cristianos viejos, que decían: “Todos lloraban y no hubiera corazón que no enterneciera ver arrancar tantas casas y desterrar tantos cuitados”.



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